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Full text of "El llanero; estudio sobre su vida, sus costumbres, su character y su poesia"

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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



F2313 
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c 



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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/elllaneroestudioOOoval 



EL LLANERO 



V. 3MC- OVAXjIjES 



^ILXMIlt©^ 



ESTUDIO SOBRE SU VIDA, 
SUS COSTUMBRES, SU CARÁCTER Y SU POESÍA 



precedido db un prólogo de bolbt peraza 
é ilustrado con varios dibujos del natural por 
César Prieto 
t 



CARACAS . 

TIP. J. M. HBKEEEA IBIGOYEN 4 CA. 
I905 



TRABAJOS DEL AUTOR 



Colaboración científica y literaria en varios perió- 
dicos nacionales y extranjeros. 

A LA memoria de mi hijo Alcides— 1896 y 1897.— 
(Dos folletos). 

El Pbro. Juan Santiago Guasco.— 1896. 

Caprichos literarios— (Tipos populares de La Pas- 
cua).— 1900. 

Una polémica- 1900. 

Notas sobre la Imprenta y el Periodismo en el Orien- 
te del Guárico— 1901. 

Ratos de ocio.— (Colección de artículos literarios).— 
1902. 

Instantáneas de la Guerra— 1903. 



en preparación: 

m 
í IPOS DE LA TIERRUCA. 



.DEDICATORIA 



A la cara memoria de mi pequeño Alcides, 
nacido y muerto en el Llano; en esa tierra donde 
todo es bello, el sol ardiente, el hombre libre, y 
la patria grande ! 



Caracas : 27 de diciembre de 1904. 



Esta obra es propiedad del autor. 



El llanero es fuerte y valiente; au- 
daz y al propio tiempo precavido. 
Su perpetua riña con el toro bravio, 
sus lances frecuentes con el tigre car- 
nicero, su constante ejercicio sobre el 
caballo, le han dado músculos de atle- 
ta y corazón de héroe. Pero en la 
cruda acepción de la palabra, no es 
un salvaje. Podría decirse, por el 
contrario, que es un docto de la gran 
Academia, en donde se gradúan: de 
diplomático el zorro, de previsor el 
ciervo, de hábil capitán el toro, de 
diestro cirujano el cuervo, de insig- 
nes músicos é inspirados poetas el 
turpial, el arrendajo, y toda la tro- 
pa lírica que canta alegres himnos á 
las auroras y dulces canciones de amor 
á sus hembras. 

N. Bolet Pbraza. 



EL LLANERO 



Un grato deber me llama hoy á presentar 
este libro ante el público. Su autor, mi ilus- 
trado compatriota V. M. Ovalles, imaginó el 
escribirlo en cierta ocasión en que leía unos 
párrafos míos consagrados á describir, muy 
de paso, la vida, las costumbres y el carácter 
del hijo de nuestras llanuras; de ese tipo ori- 
ginal y bizarro que reclamando venía más 
formal estudio. Varios escritores y bardos le 
habíamos saludado con simpatía y entusiasmo, 



9 



V. M. OVALLES 

ora que su gallarda figura de Centauro cru- 
zase por el horizonte de la pampa ondeando 
la soga ó agitando la lanza, ora que en las 
treguas del trabajo ó del pelear, cantase sus 
proezas y amores, con esa su poesía sencilla, 
pintoresca y espontánea, que por fuente de 
inspiración tiene: el sol ardiente, el aire vo- 
luptuoso, el espacio inmenso: amor y libertad 
por todas partes. 

Habíamos, pues, trazado esbozos y hasta 
tomado instantáneas del llanero; faltaba, 
empero, hacerle su libro. Hoy aparece el libro; 
y quien lo escribe acude á mi recordándome 
el padrinazgo á que virtualmente quedé obli- 
gado inspirando al autor para que lo engen- 
drase. 

Y era, [justamente Ovalles el hombre para 
tal empresa, porque además de poseer, como 
posee, el necesario ingenio, el sentido de la 
observación y el donaire que para monogra- 
fías de este linaje se requieren, vivió él por 
varios años en la región de los llanos en con- 
tacto diario con aquellos caracteres singulares, 



10 



EL LLANERO 

en contemplación perenne de aquella natura- 
leza en todo grandiosa. El monte gigante, 
con su altiva cumbre mirando al cielo, ins- 
pira ideas de dignificación si quien lo mira sabe 
ascender con él en espíritu; pero si acontece 
que el espectador es incapaz de alientos para 
los altos vuelos, lo que el monte altivo le ha- 
brá de inspirar será tan sólo la idea de la 
ajena superioridad y la de la inferioridad é 
impotencia propias. La llanura amplísima, 
por el contrario, con su nivel sin tropiezos, 
en donde sin ellos corren también los vientos, 
corren los caballos, corren los pensamientos, 
todos ellos indómitos, todos supremos, inspira 
al hombre la noción de una libertad arrogante, 
de una igualdad soberbia, cual es siempre 
soberbio el desierto, imagen del extenso nive- 
lado que las revoluciones de ideas dejan á su 
paso. Ni montañas ni señores. Eso dice el 
llano á sus criaturas. Y quienes tales voces 
oyen, al aliento del sol, al arrullo de los vien- 
tos libres, al cantar de todas las cosas que 
hacen poesía en su derredor, tienen que ser 

11 



V. M. O VALLES 

románticamente rebeldes, ardientemente amo- 
rosos, heroicamente bravos. 

El autor de este libro fue al Llano á estu- 
diar al llanero ; y cuando tuvo bien seguro 
el trazo del tipo en las páginas de su cartera, 
no se contentó con el fruto de la propia obser- 
vación para darle cuerpo y vida, sino que 
apeló á la colaboración de observadores an- 
teriores á él, en cuyo trato le mantiene su 
conocida erudición y su gusto por todo aquéllo 
que es de patrio molde y razón de ser tiene 
entre lo útil y trascendente de nuestras letras 
nacionales. 

Así se ve, que Ov alies, justo antes que nada, 
y modesto por recomendable añadidura, cita 
nombres, copia párrafos, reproduce rasgos, 
que otros trazaron previamente; de donde re- 
sulta el libro suyo, doblemente interesante, 
pues que las generaciones actuales y las que 
luego han de venir á leerle, encontrarán en 
esas páginas el monumento por él levantado, 
y además, recogidos con amor y culto los ma- 



lí 



EL LLANERO 

feriales que esparcidos estaban; la mayor par- 
te de ellos herencia de obreros ilustres que ya 
no existen. 

Eso, en lo que respecta y toca al llano an- 
tiguo; pues en antiguo y moderno divide el 
autor la fisiología de su estudio. 

En lo que al llano moderno se refiere, toda 
la observación que en dicha parte resalta, es 
de la propia y exclusiva labor suya. Allí se 
ve el rastro del que ha aspirado el medio 
ambiente, del que ha vivido la llanura, si así 
puede decirse sin violentar el idioma. Las 
anécdotas, los rasgos íntimos del llanero de 
hoy, referidos por el autor de este libro, no 
saben á contadas de oídas, sino que se gustan 
como si se oyesen originales, ó cuando más, 
repetidas por el más leal de cuantos dicen 
lo que se les confía: el fonógrafo prodigioso. 

Leyendo el libro de Ovalles se instruyen 
los lectores, si de lo que en él se trata igno- 
raban; gozan los que algo conocen respecto al 
hijo y orgullo de la sabana; y Unos y otros 



13 



V. M. OVALJLES 

concluyen por admirar ciertos relieves de ese 
original carácter, llegando á comprender como 
verdad que á leyenda se parece, todo lo que 
nuestra Historia cuenta de las legiones aqué- 
llas, compuestas de torbellinos irresistibles, 
que no eran otra cosa que un corazón, una 
lanza y un caballo. 

Por todas estas razones, yo me complazco 
en declarar que considero este libro como un 
trabajo digno del favor y del aplauso públi- 
cos, así en Venezuela como fuera de ella; en 
dondequiera que haya cundido el gusto por 
las labores de este género, llevadas á cabo 
con lucimiento de la observación y con las ga- 
las del arte. 

En la última parte de este libro, al con- 
signar su autor los modos primitivos con que 
la riqueza pecuaria es explotada en Venezuela, 
insinúa las mejoras y adelantos modernos con 
que se podría llevar á un desarrollo tal, que 
nos diese puesto entre los países que del pri- 
mer articulo del sustento abastecen al resto 



14 



EL LLANERO 

del mundo. Esa sola parte de la obra, aun 
cuando las otras de que consta no interesaran 
y agradaran, como agradan é interesan, sería 
suficiente atractivo para leer el libro, releerlo 
y tornar á /ojearlo de cuando en cuando, me- 
ditando sobre sus observaciones y sugestiones 
patrióticas. 

U. 9&et* Sctaxa. 
Nueva York: diciembre de 1904. 



INTRODUCCIÓN 



SUMARIO.— Escritores y poetas.— Bolet Peraza.— 
Las tres zonas.— Cristóbal Rodríguez.— La gran 
zona de los pastos.— dos épocas. 



Entre los escritores que han tratado 
de este curioso tipo, en su calidad de peón, 
el más original y saliente de la sociedad ve- 
nezolana, recordamos en primer término á 
Baralt, nuestro clásico historiador; á Codazzi, 
el ilustre geógrafo nacional; al colombiano 



17 



V. M. OVALLES 

J, M. Samper, y á Miguel Tejera, quienes 
hicieron atinadas observaciones sobre la vida 
y carácter del Llanero. 

También al General Páez, autoridad en esta 
materia. 

Luego á Daniel Mendoza, que nos dejó en 
«Palmarote» una fotografía del hijo de la pam- 
pa apurefia; á Bolet Peraza, que en» anima- 
da y graciosa silueta nos presenta al habi- 
tante de los llanos de Barcelona; y á Delfín 
A. Aguilera, José A. Díaz, Eduardo Blanco, 
Francisco Tosta García, Domingo B. Castillo, 
Juan de Dios Uribe (colombiano), Ismael 
Pereira Alvarez, Eloy G. González, Rafael Ca- 
brera Malo, Carlos González Bona, Lucio Ro- 
dríguez, Manuel Flores Cabrera, Filiberto Ro- 
dríguez, Tomás Caivano (italiano), la baronesa 
de Wilson (española), y á Trino Celis Ríos que 
escribió un hermoso trabajo sobre la índole de 
los cantares llaneros; al sabio americanista 
Doctor Arístides Rojas, que recopiló y estu- 
dió muchos de esos cantares como contri- 
bución al FolJc-lore Venezolano; y al distin- 
guido naturalista Doctor Ernst, que disertó 



18 



EL LLANERO 

elocuentemente sobre el Cancionero Popular 
de Venezuela, al cual ha cooperado el llanero 
con preciosos materiales, no sólo como ele- 
mentos poéticos, sino como datos históricos. 
Entre nuestros poetas también ha habido 
quienes dediquen algunas notas de su lira 
al ignaro habitante de las llanuras, como 
el eximio Doctor ÍTúfiez de Oáceres, Domin- 
go Ramón Hernández, Felipe Tejera, Paulo 
Emilio Romero, Tomás Ignacio Potentini, 
el citado Aguilera, Santiago Key Ayala, 
Gonzalo Picoa Febres y Rafael Este ves Buroz 
que cantó la llanera, á quien 

« Su piel de canela siempre lustrosa, 

No le ofenden los rayos del sol ardiente.» 

Pero los trabajos de los escritores y poe- 
tas citados son generalizaciones, muy apre- 
ciables algunas de ellas, no obstante su bre- 
vedad, por la exactitud de la observación 
ó la belleza de la forma. 

Mas, es lo cierto que hasta la fecha no 
tenemos en nuestra literatura una monografía 



19 



V. M. OVALLES 

del hijo.de las llanuras; porque Palmarote 
(en Caracas y en San Fernando), es sólo un 
estudio parcial. 

Magariños Cervantes y Eafael Obligado 
con sus excelentes trabajos, han contribuido 
mucho á la celebridad del Gaucho, similar 
del llanero en la pampa argentina. 

Y es por ello que dice nuestro insigne 
Bolet Peraza, en son de patriótica queja: 

«Bajo las palmeras de nuestros llanos no 
se ha sentado todavía el poeta que debe 
cantar la vida, hazañas y amores del lla- 
nero venezolano. Y ya es tiempo de poner 
en la lira nacional ese sencillo poema de 
la naturaleza, con la más original y fiel de 
sus criaturas; porque el Progreso, que es 
enemigo de la tradición, va invadiendo ya 
aquellas patriarcales llanuras, y va despo- 
jando de sus sencillas costumbres y de su 
pintoresco lenguaje, y de su primitivo traje, 
y de tbdos los encantos de su originalidad, 
al varón independiente y rudo que como 
soberano la puebla en brava lucha y en ama- 
ble sociedad con las fieras, en trato descon- 



20 



EL LLANERO 

fiado ó en gallarda guerra con los hombres, 
y en sumiso rendimiento á la mujer. El ver- 
dadero llanero se nos va. El ferrocarril le 
hace conocer otros horizontes, la escuela se 
lo arrebata á la gran maestra de su instin- 
to: la que le ha enseñado por todo arte el 
trabajo, por toda ciencia la malicia; la que 
le ha puesto delante de los ojos como eter- 
na lección objetiva: el amor sin códigos, la 
vida sin señores, la voluntad sin acciden- 
tes, como la vasta pampa; sin vacilaciones, 
como 4 el viento que la orea; sin miedo, co- 
mo las aguas que la inundan en la hora 
del enfado de los ríos.» 

No pretendo en modo alguno llenar aquel 
vacío, y mucho menos enmendar la plana 
á los autores nombrados, pues á las veces 
tendré que andar sobre las mismas huellas 
de algunos de ellos en el curso de este hu- 
milde estudio, rindiendo así el homenaje de- 
bido al talento y á la ilustración, (i) 



(1) Sea este el lugar para dar públicamente las 
gracias á mi distinguido amigo el señor Don Miguel 
Méndez, de Valle de la Pascua, á cuya excelente me- 



21 



V. M. OVALLES 



*** 



«Ningún país de América tiene tan mar- 
cadas sus zonas como éste. La primera que 
se nos presenta es la de las tierras cultiva- 
das: la segunda la de los pastos y la tercera 
la de los bosques; presentando, como dice 
Humboldt, una imagen , perfecta de los tres 
estados de la sociedad: la vida del salvaje 
que vive en las selvas del Orinoco; la del 
pastor que habita las sabanas y la de los 
pueblos agrícolas situados en los valles al- 
tos y al pie de las montañas de la costa. * 

(Con relación á la zona de los pastos). — 
«Parece un gran golfo que se introduce en 
lo interior de las tierras; es un mar de hier- 

moria y conocimiento práctico de las costumbres del 
Llano he ocurrido con frecuencia al escribir el pre- 
sente trabajo. 

22 



EL LLANERO 

ba que por todas partes forma horizonte; es 
un mediterráneo cerrado por las cordilleras 
y las inmensas selvas de la Guayana; es la 
verdadera región de los ganados que allí se 
multiplican casi sin los cuidados del hom- 
bre; es el gran criadero que proporciona á 
la zona agrícola los animales útiles para el 
trabajo y las carnes para el sustento de sus 
habitantes. Su posición central ofrecerá al- 
gún día iguales ventajas á las generaciones 
futuras que desmontarán las grandes selvas.» 

«No se crea por esto que la zoua de las 
crías es un estéril arenal, una tierra sin 
agua; ni que sus habitautes sean pueblos 
nómades con tiendas portátiles. Al contra- 
rio, es un suelo fértil y bien provisto de 
agua. Hay ciudades, villas, pueblos, y ha- 
tos diseminados pbr las extensas llanuras: 
ríos navegables las atraviesan en diferentes 
direcciones, y los ganados vagando en me- 
dio de aquellas dehesas en una entera li- 
bertad, vienen á reunirse en determinadas 
épocas y por los esfuerzos del hombre en 



23 



V. M. OVALLES 

los lugares destinados para los rodeos. An- 
tes de 1548 no había en estas sabanas sino 
venados y chigüires. Cristóbal Rodríguez, ha- 
bitante de la ciudad del Tocuyo que había 
permanecido por mucho tiempo en la Nue- 
va Granada, fué el primero que envió á los 
llanos algún ganado vacuno que tomó de 
Coro y del Tocuyo. Estas llanuras no siem- 
pre presentan aquella uniformidad monóto- 
na y fastidiosa: tienen sus variaciones y pers- 
pectivas agradables. No en todas ellas se 
sufre el calor abrasador de las regiones ba- 
jas, pues en ciertos parajes está bastante- 
mente modificada la temperatura, por causas 
locales; y aunque hay algunos lugares ex- 
puestos á las fiebres intermitentes, es por 
lo general, seco el aire y el clima saluda- 
ble. » 

«La grande zona de los pastos se extien- 
de de E. á O. 200 leguas, desde el pueblo 
de Barrancas en el vértice del Delta del 
Orinoco, hasta el desparramadero del Sarare, 
en los confines de la Nueva Granada; te- 



24 



EL LLAMEO 

Hiendo de S. á N". casi 100 leguas, desde 
cerca del Vichada hasta la serranía del Pao 
en la provincia de Carabobo. Ocupa el todo 
una extensión de 9.000 leguas cuadradas.» (i) 

Después de haber dado una idea de la 
extensión y condiciones del campo donde se 
mueve el llanero, veámosle ahora dentro del 
radio á que lo circunscriben sus ocupaciones. 

Es decir, admirémosle en la vida del hato. 

Para ello subdividiré en dos esta parte 
de mi trabajo, á fin de hacer un estudio 
comparativo de épocas. 

La primera, que denominare Llano antiguo, 
alcanzará hasta fines del primer tercio del 
siglo último; y la segunda, ó sea el Llano 
moderno, desde entonces para acá. 



(1) Codazzi.— Geografía de Venezuela. 



LIBRO I 



UXi^lsTO ANTIQírO 



SUMARIO.— Los hatos.— La habitación.— Vida del 
llanero. — Las vaquerías.— Los caballos. — El 
vestido.— Habilidad del llanero.— Costumbres. 
—Las bestias alzadas.— Gimnasia.— Los ordeña- 
dores.— El mayordomo.— Peligros.— Hechos ex- 
traordinarios.— Lanceros insignes.— El llane- 
ro t la guerra.— Heroísmo y miseria. 



Para justificar esta división, véase lo que 
dice con respecto á los hatos el General 
Páez« 



27 



» V. M. OVARLES 

«Diré lo que era un hato en aquella épo- 
ca, pues los que se encuentran actualmente 
en los mismos sitios difieren tanto de los 
que conocí en mi juventud, cuanto dista la 
civilización de la barbarie. El progreso ha 
introducido en ellos mil reformas y mejoras; 
y si bien ha ejercido gran influencia sobre 
las costumbres de los habitantes, no ha po- 
dido empero cambiar completamente el ca- 
rácter de éstos, por lo cual no me deten- 
dré á copiar lo que, con tanta verdad y 
exactitud, han descrito el, venezolano Baralt 
y el granadino Samper. Pintaré, pues, los 
hatos como los conocí en los primeros años 
de mi juventud. 

«En la gran extensión de territorio, que, 
como la vasta superficie del océano, pre- 
senta alrededor un inmenso círculo cuyo cen- 
tro parece estar en todas partes, se veían 
de distancia en distancia, ora pueblecillos 
con pocos habitantes, ya rústicas casas con 
techos de hojas secas de palmeras, que en 
medio de tan gran soledad parecían ser los 
oasis de aquér á la vista del desierto ilimitado. 



28 



EL LLANERO 

Constituían estos terrenos las riquezas de mu- 
chos individuos, riquezas que no sacaban de 
las producciones de la tierra, sino de la ven- 
ta de las innumerables hordas de ganado 
caballar y vacuno, que pacían en aquellas 
soledades con tanta libertad como si estu- 
vieran en la patria que el cielo les había 
señalado desde los primeros tiempos de la 
creación. Estos animales, descendientes de 
los que tuvieron en la conquista tanta parte, 
como los mismos aventureros á cuyas órde- 
nes servían, eran muy celosos de su salvaje 
independencia; y muchas y grandes fatigas 
se necesitaban para obligarlos á auxiliar al 
hombre en la obra de la civilización. To- 
caba acometer tan atrevida empresa al ha- 
bitante de los llanos; y cómo podían éstos 
alcanzar tan difícil y peligroso empeño, se 
comprenderá recordando el linaje de vida á 
que estaban sometidos. 

«La habitación donde residían estos hom- 
bres era una especie de cabana cuyo aspecto 
exterior nada diferente presentaba de- las 
que hoy se encuentran en los mismos luga- 



29 



V. M. OVAL.LES 

res. La hierba crecía en torno á su placer, 
y sólo podía indicar el acceso á la vivien- 
da la senda tortuosa que se formaba con las 
pisadas ó rastros del ganado. 

«Constituían todo el mueblaje de la soli- 
taria habitación: cráneos de caballos y ca- 
bezas de caimanes, que servían de asiento 
al llanero cuando tornaba á la casa cansa- 
do de oprimir el lomo del fogoso potro du- 
rante las horas del sol; y si quería exten- 
der sus miembros para entregarse al sueño, 
no tenía para hacerlo sino las pieles de las 
reses ó cueros secos, donde reposaba por la 
noche de las fatigas y trabajos del día, des- 
pués de haber hecho una sola comida, á 
las siete de la tarde. ¡Feliz el que alcan- 
zaba el privilegio de poseer una hamaca 
sobre cuyos hilos pudiera más cómodamente 
restituir al cuerpo su vigor perdido! 

«En uno á otro lecho pasaba la noche, 
arrullado muy frecuentemente por el monó- 
tono ruido de la lluvia que caía sobre el 
techo, ó por el no menos antimusical de las 
ranas, del grillo y de otros insectos, sin que 



80 



V. M, 0VALLE6 

despertara azorado al horrísono fragor de 
los truenos, ni al vivido resplandor de los 
relámpagos. El gallo, que dormía én la mis- 
ma habitación con toda sn alada familia, le 
servía de reloj, y el perro, de centinela. A 
las tres de la mañana se levantaba, cuan- 
do aún no había concluido la tormenta, y 
salía á ensillar su caballo, que había pa- 
sado la noche atado á una macolla de hierba 
en las inmediaciones de la casa. Para ello 
tenía que atravesar los escoberos, tropezan- 
do á cada instante con las osamentas de 
las reses, que entorpecían sus pasos, y que 
gracia á una acumulación sucesiva de mu- 
chos años, habrían bastado para erigir una 
pirámide bastante elevada. Y téngase pre- 
sente que el llanero anda siempre descalzo. 
«Montado al fin, salía para la expedición 
de ojear el ganado, que iba espantando has- 
ta el punto donde debía hacerse la parada. 
Esta operación se conocía con el nombre 
de rodeo; pero cuando se hacía solamente 
con los caballos, se llamaba junta. «Juntas» 
decían los llaneros cuando, más tarde, les 



32 



EL LLANERO 

hablaron de las que se formaron en las ciu- 
dades para la defensa de la soberanía de 
España, nosotros no sabemos de más juntas 
que las de las bestias que hacemos aquí. 

«Hecha la parada, se apartaban los bece- 
rros para la hierra, ó sea para ponerles 
marca, se recogían las vacas paridas, se cas- 
traban los toros, y se ponía aparte el ga- 
nado que se destinaba á ser vendido. Si 
la res, ó caballo apartado, trataba de esca- 
parse, ^el llanero lo perseguía, lo enlazaba, 
y si no tenía lazo lo coleaba para reducirlo 
á la obediencia. 

«Cuando comenzaba á oscurecer y antes 
que les sorprendiera la noche, dirigíanse los 
llaneros al hato para encerrar el ganado, y 
concluida la operación mataban una res, to- 
mando cada uno su pedazo de carne, que 
asaba en una estaca, y que comía sin que 
hubiese sal para sazonar el bocado, ni pan 
que ayudara á su digestión. El más delei- 
toso regalo consistía en empinar la tapara, 
especie de calabaza donde se conservaba el 
agua fresca; y entonces solía decir el llanero 



33 



V. M. OVALKES 

con el -despecho casi resignado de la impo- 
tencia: 

«El pobre con agua justa, 
Y el rico con lo que gusta.» 

«Para entretener eí tiempo después de su 
parca cana, poníanse á entonar esos canta- 
res melancólicos que son proverbiales— vo- 
ces plañideras del desierto — algunas veces 
acompañados con una bandurria traída del 
pueblo inmediato, en un domingo en que 
logró ir á oír misa. Otras veces también, 
antes de entregarse al sueño, entreteníanse 
en escarmenar cerdas de caballo para ha- 
cer cabestros torcidos. 

«Tal era la vida de aquellos hombres. Dis- 
tantes de las ciudades, oían hablar de ellas 
como lugares de difícil acceso, pues estaban 
situados más allá del horizonte que alcan- 
zaban con la vista. Jamás llegaba á sus 
oídos el tañido de la campana que recuerda 
los deberes religiosos, y vivían y morían 
como hombres á quienes no cupo otro des- 
tino que luchar con los elementos y las fie- 



34 



EL. LLANERO 

ras, limitándose su ambición á llegar un día 
á ser capataz en el mismo punto donde ha- 
bía servido antes en clase de peón. 

«¡Con qué facilidad se escribe todo esto 
en una sala amueblada y al lado de un fue- 
go agradable! Pero cuan distinto era ejecu- 
tarlo!» (i) 

El ojeo ó vaquería se practicaba de este 
modo: 

"Del 15 de julio en adelante se comenzaban 
los preparativos para los trabajos en el próxi- 
mo mes de agosto. 

Estos preparativos consistían en lo siguien- 
te: 

Cierto número de dueños ó mayordomos 
de batos se acordaban para nombrar un ca- 
poral, nombramiento que recaía generalmen- 
te en un dueño ó mayordomo de los más 
caracterizados y competentes para tales ope- 
raciones, y se fijaba el día y lugar en que 
debían reunirse los vaqueros para princi- 
piar. 



(1) Autobiografía del General Páez. 
35 



V. M. OVALLES 

Se daba orden á los peones para coger los 
caballos destinados á las vaquerías, con el 
fin de desbastarlos antes de los trabajos, y 
organizar «buenos aperos.» 

Estos consistían en un fuste con una co- 
raza y un correaje de cuero sin adobar, 
con estribos de cacho ó de metal; un grue- 
so cabestro de cerda para amarrarlo al pes- 
cuezo del caballo, asegurado al bozal en 
forma de rienda; y una soga de enlazar de 
veinte brazas de largo. 

En cuanto á los caballos, como abunda- 
ban mucho en esa época (i), cada criado 



(1) Hé aquí lo que aseguraba el General Páez de 
la sola provincia de Apure : — «Calculábase entonces 
que las propiedades del Apure ascendían á un millón 
de reses y quinientas mil bestias caballares, de las cua- 
les tenía yo cuarenta mil caballos empotrerados y lis- 
tos para la campaña.» 

«Llevé, pues, mil lanceros montados en caballos ru- 
cios con otros mil de reserva, todos del mismo color, 
porque los llaneros creen, y yo con ellos, que el ca- 
ballo rucio es más nadador que cualquiera de otro 
pelo.» — PÁez. Obra citada. 



36 



EL LLANERO 

ó peón tenía varios' á su servicio y disfru- 
taba de entera libertad en la elección de 
los que debía llevar á las vaquerías, los 
cuales, generalmente, no bajaban de seis. 

El vestido de esos peones era camisa, co- 
tona y calzoncillo de tela burda; sombrero 
de palma y pie descalzo. 

Entonces las alpargatas eran desconocidas 
en el Llano y sólo el caporal usaba garrasí. 

Ningún peón usaba espuelas, y el mayor 
placer del llanero era concurrir á las va- 
querías con varios caballos gordos para lu- 
cir allí su competencia en el arte de do- 
marlos. 

Eeunidos los vaqueros, á veces en número 
de ciento ó más, marchaban organizados y 
sumisos á las órdenes del caporal. 

Al llegará un hato se encaminaban por dis- 
tintas direcciones para hacer los levantes, 
operación que debe practicarse antes de ama- 
necer, á fin de que el ganado no tenga tiem- 
po de dispersarse en sus comederos. 

De modo que para las siete ú ocho de 
la mañana ya todos los levantes se hallaban 



37 



V. M. OVAKLES 

reunidos " en el paradero, y á medida que 
iban llegando los grupos de vaqueros con 
el ganado, se aumentaba la gran sinfonía 
de la pampa con los gritos de los peones, 
el relincho de los caballos y el bramido de 
las reses. 

Era un espectáculo salvaje, propio del de- 
sierto y digno de la valentía del llanero! 

Sobre todo, los toros padrotes hacían re- 
tumbar á lo lejos sus furiosos mugidos y se 
lanzaban á formidable combate, arrollando 
cuanto les estorbaba en la pelea. 

Luego, los vaqueros hacían sus apartes y 
formaban la madrina que recorría los de- 
más hatos, repitiéndose las mismas escenas 
en que el audaz llanero exponía la vida con 
harta frecuencia y de diversos modos. 

En ocasiones le interesaba á un vaquero 
castrar un toro, y, por vanidad, para pro- 
bar que era hombre del arte, invitaba á un 
compañero que se lo ayudara á sacar del 
rodeo; y despreciando la soga que llevaba 
rabiatada del caballo, se lanzaba tras la fie- 
ra y, en violencia de carrera, le tomaba 



38 



EL LLANEEO 

la cola, pasaba la pierna por sobre el pico 
de la silla, se tiraba al suelo, coleaba el 
cornúpeto, y antes que éste pataleara, le 
metía el rabo por entre las piernas de atrás 
para adelante, dejándolo sin movimiento, y 
rápidamente lo castraba! 

En seguida soltaba la cola, y corría y sal- 
taba sobre el caballo sin poner el pie en 
el estribo 

Pero á veces, la fiera lo seguía, y no dán- 
dole tiempo para montar, el vaquero vol- 
vía cara y la capeaba con singular donaire 
y brío, según la bella frase de Baralt. 

La abundancia de ganado en las dehesas 
hacía que los rodeos fuesen muy grandes, 
y ya se ha dicho que las reses eran ariscas 
y bravias. 

El peonaje aunque numeroso, tenía que 
trabajar mucho, y duraba la vaquería de 
un hato dos ó tres días; de modo que ha- 
bía que velar por la noche el rodeo á cam- 
po raso. 

Y todo esto bajo el ardiente sol de la 
pampa, ó sometido á las inclemencias de la 



39 



§ 

V. M. OVALLES 

lluvia, el hambre, la plaga, y todos los pe- 
ligros que ameuazau la vida del llanero! 

Las reses que mataban en estas vaquerías 
y las demás provisiones de boca, como ca- 
zabe ó pan de maíz, si lo había, las daba 
el primer día para las dos comidas de la 
reunión el amo de la sabana donde se tra- 
bajaba; y los días siguientes cada dueño de 
hato mantenía sus peones. 

Los vaqueros iban á comer por grupos y 
eran muy corteses entre sí en el momento 
de servirse de los asadores. 

Era visto como un acto de grosería ó 
mala crianza el adelantarse uno y cortar una 
costilla para comérsela. 

Pero había una costumbre tradicional en- 
tre ellos que convertía ese mismo acto en 
caballeresco y plausible, y era, si el que tal 
hacía, agregaba estas palabras: 

— ((Esto lo hago atenido á mis ocho tú- 
tanos.....,.)) 

Y así, tácitamente, quedaba comprometi- 
do á colear el toro más grande que saliera 
en la próxima vaquería; acto en el cual de- 



40 



V. M. O VALLES 

mostraría su habilidad de coleador y la po- 
tencia y velocidad de su caballo; siendo 
grande la satisfacción que experimentaba al 
tumbar el toro de compromiso. 

Las buenas condiciones de las sabanas y 
la circunstancia de no haberse presentado 
en el trascurso de muchos años la «peste 
derrengadera,» había dado por resultado el 
aumento considerable de la cría de bestias 
en los llanos; pero ya por consecuencia de 
ésto, ya por descuido de algunos mayordo- 
mos, se formaron grandes cimarroneras en 
varios hatos. 

Y para formar las juntas en que debían* 
cogerse estas bestias alzadas, se llenaban en- 
tre los colindantes, más ó menos, las mis- 
mas formalidades que con las vaquerías. 

Antes de empezar los levantes se llevaba 
la madrina, compuesta de algunos hatajos 
de bestias mansas, á una hondonada, á fin 
de que estuviese medio oculta, lo mismo 
que los jinetes que la vigilaban. 

Después se colocaba el resto del peonaje 
del modo siguiente: como á seiscientas ó se- 



42 



EL. LLANERO 

tecientas varas de la madrina se ponían dos 
jinetes, frente á frente, conservando una dis- 
tancia de doscientas varas, más ó menos, pero 
siempre ocultos detrás de algún árbol ó del 
monte; un poco más lejos se colocaban otros 
dos, en iguales condiciones que los ante- 
riores; y así sucesivamente se iban apostan- 
do otros muchos, alargando siempre la dis- 
tancia, hasta formar una especie de callejón con 
los jinetes, de una ó más leguas de largo, entre 
la cimarronera y la madrina. 

Estos peones apostados así se llaman pa- 
radas, y se cuentan á la inversa de su co- 
locación: parada primera, segunda, tercera 
etc., hasta la inmediata á la madrina que 
se denomina parada «encerradora. » 

Organizado así el trecho de la gran ca- 
rrera, quedan de reserva tres ó cuatro peo- 
nes destinados á los levantes. 

El llanero, por el conocimiento que tiene 
de las costumbres de los animales con que 
brega á diario, distingue pronto una maoa- 
da de bestias cimarronas de las otras. 

Estas, pastando ó en el sesteadero, se se- 



43 



V. M. OVATjLES 

paran y se descuidan; mientras que las al- 
zadas permanecen reunidas en grupos y muy 
vigilantes. 

De modo que cuando los jinetes las divi- 
san dan un rodeo y se acercan con pre- 
caución, hasta el momento oportuno en que 
las espantan en dirección al lugar donde se 
halla la primera parada; ésta corre en línea 
paralela y entrega á la segunda; y así su- 
cesivamente, en carrera vertiginosa, hasta 
la parada encerradura, que hace á veces 
grandes esfuerzos por llevar el levante á la 
madrina. Porque sucede en ocasiones que esas 
bestias han sido corridas en años anterio- 
res y se ponen sumamente mañosas, y al 
ver un jinete ó la madrina retroceden y 
se pierde el trabajo; y es por ello la pre- 
caución de ocultarse todos. 

En ocasiones estos ariscos animales rom- 
pen la madrina y tienden á escaparse; pero 
entonces los jinetes se lanzan detrás, los 
colean y los reducen de nuevo. 

Estos trabajos se practicaban antes con 
frecuencia con el objeto de herrar los mos- 



44 



EL LI/ANEUO 

tren eos, hecho lo cual, se soltaban y vol- 
vían á su estado salvaje. 

Pero esto era una diversión para el lla- 
nero porque disponía de caballos veteranos 
de gran carrera, siendo los mejores para ta- 
les trabajos los que se amansaban de la cima- 
rronera. 

Eu esa época los dueños, mayordomos y 
peones de los hatos tenía cada cual un nú- 
mero de caballos destinados al uso exclu- 
sivo de la silla. 

Cada peón amansaba y educaba los «suyos;» 
y ni los amos osaban ensillar un caballo sin 
la anuencia del peón, por más que éste fue- 
se esclavo, como sucedía generalmente. 

Entre el mayordomo y los peones se efec- 
tuaban préstamos y cambios de caballos. 
Cuando al amo del hato le gustaba un ca- 
ballo de un peón para su silla le proponía 
que se lo cediera, siendo costumbre que el 
amo le hiciera una regalía de ocho ó diez 
pesos. 

Se presentaban casos en que un particu- 
lar tratara de comprar al amo un caballo 



45 



V. M. OVALLES 

que había visto en poder de un peón, y 
entonces aquél contestaba que no podía ven- 
dérselo sin el consentimiento de éste. 

El interesado le objetaba, que siendo el 
esclavo y el caballo de su propiedad podía 
hacer el negocio. 

— No, porque el caballo es de su silla y 
hay que respetar eso. Ofrézcale usted un 
regalo para que él convenga en despren- 
derse del caballo. 

Este régimen daba excelentes resultados 
en la organización de los hatos, pues ya se 
sabe cuan grande es el amor del llanero al 
caballo. 

De modo que en los hatos se disponía 
siempre de una caballada de primer orden 
para los trabajos, y los peones, por cariño 
á sus caballos de silla, envejecían en los 
hatos; y no era raro que después de haberse 
retirado un peón por cualquier circunstan- 
cia, volviera á poco á solicitar colocación, 
á fin de que le dieran de nuevo sus ca- 
ballos! 

Entonces eran muy rígidas las costum- 



46 



Eli LLANERO 

bres; de tal modo que, en la aplicación de 
castigos corporales, á los muchachos y á sus 
propios hijos, llegaban los llaneros hasta la 
crueldad. 

Pero ello tenía como fin formar hombres 
vigorosos y de ánimo resuelto, capaces de 
afrontar los más duros trabajos y los innú- 
meros peligros de la vida en el Llano. 

Y no sólo se les ejercitaba en la equi- 
tación, el toreo, la carrera, la lucha etc., 
sino que se les enseñaba á la vez la fru- 
galidad en las costumbres, el respeto que 
se debe á los mayores y la sumisión al su- 
perior. 

Era costumbre después de la castración 
de toros, dejar encerrado en el corral algún 
torete para que lo torearan los muchachos 
del hato; y desgraciado de aquél que se 
mostraba pusilánime, porque en seguida se 
destoco naba el torete, se amarraba el mu- 
chacho por las piernas y se le ponía en mi- 
tad del corral. 

El torete embestía, el muchacho trataba 
de huir, pero era alcanzado y recibía to- 



47 



V. M. OVALTjES 

ponazos de la fiera que lo tiraban contra el / 
suelo. 

Y á los gritos desesperados del muchacho 
respondían las risas de los peones; hasta 
que magullado ó herido, y muy asustado, 
era libertado de aquel suplicio por alguno. 

Y había padre que para capear algún 
toro en el corral, agarraba á un hijo pe- 
queño por los brazos y se servía de él á 
manera de carpeta; y todo esto para que 
los muchachos perdieran el miedo del ga- 
nado! 

Y de ahí puede deducirse el tratamien- 
to á los peones. 

Cuando algún extraño solicitaba coloca- 
ción en un hato, y era admitido en él, or- 
denaba en seguida el capataz que se ence- 
rrara la madrina en donde se hallaba tal 
caballo 

Este era uno que por sus mañas rezaga- 
ban los peones y que servía en los hatos 
para probar los jinetes. 

— ((Ensille ese caballo que es manso» 

le decía el capataz al recién llegado. 



48 



EL LLANERO 

Y éste lo ensillaba y montaba sin adver- 
tir las sonrisas picarescas y las miradas de 
inteligencia que se cruzaban entre el capa- 
taz y los peones del hato. 

Pero resultaba que el caballo apenas se 
alejaba del corral, cuando se tiraba de es- 
paldas, metía la cabeza entre las piernas y 
empezaba á corcovear, ó se lanzaba desbo- 
cado por la pampa! 

Si el jinete caía, quedaba desacreditado 
como peón de llano; pero si dominaba al 
bruto y volvía victorioso de la brega, en- 
tonces se le consideraba coñio hombre del 
arte y se captaba la estimación de todos, 
entregándosele, en consecuencia, buenos ca- 
ballos de trabajo. 

Para quesear se observaban ciertas reglas. 

Cogidas las vacas destinadas á tal fin, 
se desmostrencaban los becerros y se ama- 
rraban para que se amansaran. 

A cada ordeñador se le entregaban cin- 
cuenta vacas y un becerrero, pero había al- 
gunos tan hábiles para ordeñar que nece- 



49 



V. M. OVALLES 

sitaban dos de éstos para que le dieran 
abasto. / 

Las vacas debían echarse á pastar al ama/ 
necer, antes que se le cayera el rocío á'lp 
hierba; y un poco má3 tarde los becerros, 
en comederos opuestos, con el número su- 
ficiente de muchachos para pastorearlos, á 
fin de que aquéllos no se reunieran con las 
madres. 

Todas las tardes se encerraban los bece- 
rros en el chiquero y se picaban las vacas 
para el corral, las cuales 4ebían empezar 
á ordeñarse en alta madrugada; con el barro 
á la rodilla, en invierno, y sufriendo la 
lluvia á cuerpo limpio, por ser engorroso 
á la vez que inconveniente, el uso de la co- 
bija. 

Los ordeñadores hacían el queso en un 
cincho, lo volteaban diariamente en la troje, 
manoseándolo con suero salado para alisarlo 
é impedir que criara saltones; conserván- 
dole de este modo aseado, suave y de buen 
olor. 

La quesera, el bote, la carnaza y todo lo 



50 



EL LLANERO 

concerniente al ordeño y á la fabricación 
del queso se mantenía siempre en las me- 
jores condiciones de orden y aseo; mere- 
ciendo especial atención la preparación de 
la sal y el cuajero, pues prácticamente sa- 
be el llanero que de la buena calidad 
del cuajo depende en primer término que 
el queso no se pudra. 

Y además de todas estas obligaciones y 
de sabanear las vacas que no hubieran ve- 
nido al corral, el ordeñador tenía que ser 
veterinario práctico para curar las enferme- 
dades de todos los animales á su cargo y 
poder ganar satisfactoriamente los cinco pesos 
mensuales que se le asignaban como sueldo! 

Y hasta en los menores detalles se ob- 
servaba la buena organización de los anti- 
guos hatos. 

Cada peón tenía colgado un garabato de 
madera en donde ponía su soga, cabes- 
tro, sueltas etc.; y jamás otro peón hacía 
uso de algo que no fuera suyo. 

Y la voz del mayordomo se atendía cual 
si fuese uu superior en la milicia. 



51 



i V. M. OVALKES 

Véase lo que á tal respecto dice el Gene- , 
ral Páez en las animadas líneas que siguen, 
dignas, por otra parte, de la brillante plu- 
ma de Edmundo de Amicis, inimitable des- 
criptor de cuadros de la pampa argentina: 

«Tocóme de capataz un negro alto, taci- 
turno y de severo aspecto á quien contri- 
buía á hacer más venerable una híspida y 
poblada barba. Apenas se había puesto el 
novicio á sus órdenes, cuando, con voz im- 
periosa, le ordenaba que montase un caba- 
llo que jamás había sentido sobre el lomo 
ni el peso de la carga, ni el del doma- 
dor. Como ante órdenes sin réplica ni ex- 
cusa, no había que vacilar, saltaba el pobre 
peón sobre el potro salvaje, echaba mano 
á sus ásperas y espesas crines, y no bien 
se había asentado, cuando la fiera empezaba 
á dar saltos y corcovos, ó tirando furiosas 
dentelladas al jinete, cuyas piernas coirían 
graves peligros, trataba de desembarazarse 
de la extraña carga, para él insoportable 5 
ó despidiendo fuego por ojos y narices, se 
lanzaba enfurecida en demanda de sus com- 



52 



EL LLANERO 

pañeros en los llanos, como si quisiera im- 
petrar un auxilio contra el enemigo que 
oprimía sus ijares. 

«El pobre jinete cree que un huracán des- 
encadenando toda su furia, le lleva en sus 
alas y le arrastra casi sobre la superficie 
de la tierra, que imagina á corta distancia 
de sus pies, sin que le sea dado alcanzarla, 
porque ella también huye con la velocidad 
del relámpago. Zumba el viento en los oídos 
cual si penetrase con toda su fuerza en las 
concavidades de una profunda caverna, ape- 
nas se atreve el cuitado á respirar; y si 
conserva abiertos los espantados ojos, es 
solamente para ver si puede hallar auxilio 
en alguna parte, ó convencerse de que el 
peligro no es tan grande como pudiera re- 
presentárselo la imaginación sin el testimo- 
nio del sentido de la vista. 

«El terreno, que al tranquilo espectador 
no presenta ni la más leve desigualdad, para 
el aterrado jinete, se abre á cada paso en 
simas espantosas, donde él y la fiera van 
sin remedio á despeñarse. No hay que es- 



53 



El. LLANERO 

perar más amparo que el que quiera dar 
el cielo, y encomiéndase con todo fervor á 
la Virgen del Carmen, cuyo escapulario lleva 
colgado del cuello, aguardando por momen- 
tos su último instante. Al fin cesa la an- 
gustia, pues el caballo se rinde de puro 
cansado, y abandona poco á poco el impe- 
tuoso escape que agota sus fuerzas. 

«Cuando repite la operación, ya el novi- 
cio llanero tiene menos susto, hasta que al 
fin no hay placer más grande para él que 
domar la alimaña que antes le había hecho 
experimentar terrores inexplicables.» (i) 

Y el caballo, como dice de Amicis, que- 
daba condenado en adelante á la injuria per- 
petua del talón humano. 

Consérvase por tradición el recuerdo de 
los hechos que voy á referir, ejecutados 
por hijos del Alto-llano antes de la Gue- 
rra magna. 

Trabajaba de peón en el hato de «Palacio,» 
jurisdicción de Chaguaramas, Juan Lorenzo 



(1) Pabz.— Obra citada. 
55 



V. M. OVALJLES 

Infante, tío de los ilustres Proceres de la 
Independencia, General y Coronel, respecti- 
vamente, Julián y Leonardo luíante; y era 
lo que se llama «un llanero por los cuatro 
costados. )> 

Pero en lo que se distinguió Juan Lorenzo, 
por su gran habilidad, fue en ejecutar lo 
que se llamaba entonces «bolerear padro- 
nes.» 

Esta operación la practicaba del modo si- 
guiente: 

Sabedor el llanero que el semental de 
un hatajo es siempre el primero que entra 
en el corral y el último que sale, temeroso de 
que pudiera quedársele alguna yegua ence- 
rrada; después de la hierra de los potros 
soltaba Juan Lorenzo el hatajo, y á la sa- 
lida de éste, lo esperaba en cuclillas sobre 
la última vara del tranquero; al pasar el 
padrote caíale rápida y atrevidamente en- 
'cima, afirmándose sobre las ancas! 

El jinete, con la cara hacia atrás, le me- 
tía en seguida los pies en los ijares y se 
servía de la cola á manera de brida, pero 



56 



EL LLANERO 

cuando el caballo sentía sobre su lomo aquel 
cuerpo que parecía caer de alguna nube, se 
espantaba, y después de dar grandes cor- 
covos, se disparaba cual 

Hipógrifo violento 
Que corriste parejas con el viento 



No contento con ésto, Juan Lorenzo, en 
la carrera, se tiraba al suelo con la cola 
en la mano y le hacía dar vueltas por so- 
bre el lomo al enorme caballo como si fuera 
un liviano torete! 

Y así, por diversión, bolereaba todos los 
años los padrotes de varios hatajos. 

En el hato de «San Jerónimo,)) jurisdicción 
de Tucupido, había un criado llamado Pedro 
González, que reventaba sogas al pulso, del 
modo siguiente: 

Amarraba la punta de una soga á un bo- 
talón y con la otra se daba vuelta en la 
mano; después paraba el caballo que mon- 
taba junto al botalón y partía en velocidad 
de carrera para reventar la soga en el ti- 
rón! 



57 



V. M. OVALIiES 

Y tan peligroso ejercicio lo efectuaba con 
frecuencia para divertirse, ó haciendo pe- 
queñas apuestas, como de una vara de ta- 
baco de mascar, para probar la fuerza de su 
brazo. 

A otro criado, de nombre Juan Bautista 
Eamírez, en uno de los hatos inmediatos á 
Espino, del opulento don Jacobo Eamírez; 
le ordenó el mayordomo que encerrara un 
macho cerril, para amansarlo, al cual los 
demás peones veían con cierto recelo. 

Eeducida la bestia al corral y ensillada, 
montó el brioso jinete, sin que nadie le acom- 
pañara, y le suspendió el tapaojos. 

El macho no corcoveó, pero salió por el 
banco con uVia rapidez prodigiosa y buscó 
en dirección de un palmar. 

El jinete previo el peligro que corría él 
y la bestia, á la cual dio un tirón por la rien- 
da para desviarla en la carrera; pero re- 
ventóse el bozal y entonces parecía, según 

la estupenda metáfora de Hugo, el rayo ca- 
balgando sobre la tempestad ! 

Pero el comprometido llanero no se ami- 



58 



EL LLANERO 

lana; comprende que el peligro aumenta; 
que se acerca el momento en que uno y otra 
se estrellarán en los troncos de las palme- 
ras; y entonces echa el cuerpo hacia atrás, 
se agarra de la cola del mulo (i), pásala 
pierna por sobre el pico de la silla, se tira 
al suelo, colea al animal, y antes que éste se 
pare le tapa los ojos y lo sujeta á muy poca 
distancia del palmar! 

Y así no es extraño que de hombres de 
tales condiciones surgieran aquellos formida- 
bles guerreros, que fueron la personificación 
de la constancia, la fortaleza y el heroísmo 
en nuestra magna lucha de la Independen- 
cia, porque estaban educados para afrontar 
y vencer los más grandes peligros. 



(1) Adrede he usado en este libro, como sinóni- 
mas, las voces Macho y Mulo.— El léxico no establece 
diferencia, ni el llanero tampoco, en cuanto á las pa- 
labras ; pero sí distingue, al verlos, el origen de uno 
y otro animal. 

Hé aquí explicada la diferencia de dichas voces : 
«Apareando el caballo padre con la burra, se obtiene 
el Burdégano ó Macho romo ; y del ayuntamiento del 
burro con la yegua resulta el Mulo.»— (F. Moea, au" 
tor de la Guía de Ganaderos. ) 



59 



V. M. OVÁLLES 

Páez, Monagas, Zaraza, Rondón, Cedefío, 
Carvajal, Aramendi, Silva, Infante, Farfán, 
Camejo, Hernández y mil más, que brota- 
ron de la pampa venezolana como lanceros 
insignes para inmortalizar al Llanero en los 
fastos del heroísmo. 

¡Salve, hijo de las llanuras, salve! 

Con cuánta razón dijo nuestro eminente 
geógrafo citado: 

«Los llanos son un campo perenne de ins- 
trucción guerrera para sus intrépidos mora- 
dores. Acostumbrados desde su juventud á 
domar el potro, á luchar con el toro, á pa- 
sar á nado los ríos caudalosos y á vencer 
en singular combate al caimán y al tigre, 
los llaneros se acostumbran á despreciar los 
peligros. Cuando la guerra los distrajo de 
sus ocupaciones ordinarias, el enemigo los 
encontró ya soldados aguerridos. Ayudados 
de un temperamento robusto y habitando 
bajo un. clima más bien caluroso que frío, 
sus necesidades son muy pocas: en paz, la 
soga de enlazar y el caballo; en guerra, el 
caballo y la lanza. Prácticos del terreno y 



60 



Eli LLANERO 

con la movilidad que les proporciona su li- 
gero equipaje, los hombres de los Uauos no 
pueden ser vencidos sino por hombres de 
los llanos, y Venezuela tiene en aquellas in- 
mensas sabanas y en el pecho de sus hijos 
valerosos, el más firme baluarte de la in- 
dependencia nacional.)) (i) 

En su obra Venezuela dice Caivano á 
ese respecto : 

«Los mejores soldados del ejército liber- 
tador salieron de aquellos mismos llanos de 
donde habían salido las terribles tropas de 
Boves en 1814; siendo así que los llaneros 
—aquellos famosos llaneros que bajo la som- 
bra de Boves derrocaron por sí solos en 
La Puerta y en Úrica á la segunda Eepú- 
blica venezolana— fueron también los que 
principalmente concurrieron después, bajo 
las órdenes de Páez, á dar definitivamente 
libertad é independencia á su país.)) 

Creo oportuno recordar en qué condicio- 



(1) Codazzi.— Obra citada. 
61 



V. M. O VALLES 

nes peleaba el llanero por la libertad y por 
la patria. 

Pero prefiero citar algunas líneas del Aqui- 
les Venezolano, apoyadas en el juicio siempre 
sereno é imparciai de Baralt; porque ellas 
pintan, además, la situación de los restos 
de las Eepúblicas de Nueva Granada y Ve- 
nezuela, después del espantoso desastre del 
año 1814 : 

«A punto viene aquí dar una idea al lec- 
tor del estado en que se encontraban las 
tropas y de los recursos con que contaba 
para salvar el país. Los caballos del servi- 
cio, indómitos y nuevos, estaban extenua- 
dos, porque en la parte de los llanos que 
ocupábamos, el pasto escasea y es de mala 
calidad. La mayor parte de los soldados no 
tenían más armas que la lanza y palos de 
albarico, aguzados á manera de chuzos, por 
una de sus puntas: muy pocos llevaban ar- 
mas de fuego. Cubríanse las carnes con gua- 
yucos; los sombreros se habían podrido con 
los rigores de la estación lluviosa y ni aun 
la falta de silla para montar podía suplirse 



62 



V. M. OVAIil/ES 

con la frazada ó con cualquier otro asiento 
blando. Cuando se mataba alguna res, los 
soldados se disputaban la posesión del cuero 
que podía servirles de abrigo contra la llu- 
via durante la noche en la sabana limpia, 
donde teníamos que permanecer á fin de no 
ser cogidos de sorpresa; pues á excepción 
del terreno que pisábamos, todo el territo- 
rio estaba ocupado por los enemigos, y más 
de una vez fueron perseguidos y muertos 
los que cometían la imprudencia de sepa- 
rarse del centro de las fuerzas. 

— «Es imposible imaginarse, dice con mu- 
cha exactitud el historiador Baralt, hasta 
qué punto llegaban las escaseces de los hom- 
bres que en aquel tiempo y en los poste- 
riores hicieron la guerra en las llanuras. 
Los soldados estaban tan desnudos qiie se 
veían en la necesidad de usar, para cubrir- 
se, de los cueros frescos de las reses que 
mataban; pocos tenían sombreros, ninguno 
zapatos. El alimento ordinario y único era 
carne sin sal ni pan. A todo esto, las llu 
vias eran frecuentísimas, y los "ríos y caños 



64 



EL LLANERO 

crecidos habían inundado el territorio. Fal- 
taban caballos, y como éstos son un elemento 
indispensable del soldado llanero, era pre- 
ciso ante todo buscarlos j así, los primeros 
movimientos tuvieron por objeto esta ad- 
quisición. Los que generalmente se conse- 
guían eran cerriles y se amansaban por es- 
cuadrones á usanza llanera, es á saber, á 
esfuerzo de los jinetes, siendo curioso el es- 
pectáculo que ofrecían quinientos ó seiscien- 
tos de éstos á la vez, bregando con aque- 
llos bravios animales. En derredor del cam- 
po de ejercicio se colocaban algunos oficia- 
les, montados en caballos mansos, no con 
objeto de socorrer á los domadores que caían, 
sino con el de correr tras de los caballos 
que los habían derribado, á fin de que no 
se fuesen con la silla, si bien ésta era por 
todo un fuste de palo con correas de cuero 
sin adobar. Deseábamos los riesgos, escribía 
mucho tiempo después un testigo presencial, 
por acabar con gloria una vida tan amar- 



«Uníanse á todo esto los embarazos de una 

3 

65 



V. M. OVALLES 

numerosa emigración y la necesidad de pro- 
curarse á cada paso mantenimientos por la 
carencia absoluta de acopies. Aquel grupo 
de hombres, mujeres y niños, sin hogar ni 
patria, representaba á lo vivo la imagen de 
un pueblo nómade que después de haber 
consumido los recursos del país que ocu- 
paba, levantaba sus tiendas para conquis- 
tar otro por la fuerza. 

«Yo añadiría que aquella emigración re- 
cordaba la salida de los israelitas de la cau- 
tividad del Egipto, con la sola diferencia 
de que para los nuestros no había nube de 
fuego que los guiara en su camino, ni el' 
pobre Moisés que los conducía tenía el ma- 
ravilloso poder de hacer llover el maná del 
cielo ni brotar agua de la tierra con la ex- 
traordinaria virtud que tenía la vara del 
caudillo hebreo. Y para que todo contri- 
buyera á hacer la comparación más exacta, 
nos llegaron noticias de que el General Mo- 
rillo, cual otro Faraón, venía en nuestra 
busca para reducirnos de nuevo á la anti- 
gua esclavitud. ¡Oh! ¡tiempos aquéllos! Sabe 



EL LLANERO 

Dios lo que sufrimos, y si era preciso más 
que la estoicidad y el heroísmo para no 
irse á las poblaciones, arriesgando más bien 
la vida en brazos de una tiranía despia- 
dada y vengativa, que no arrastrar una exis- 
tencia llena de peligros y necesidades ma- 
yores que los que á la humana condición 
parece dado resistir. Jamás podrán nuestros 
hijos ni aun imaginar tan sólo á qué pre- 
cio se compró la independencia. Pero aque- 
llos tiempos trajeron aquellos hombres, que 
si tenían cuerpo de hierro, no llevaban el 
alma menos templada. Nada nos quedaba 
entonces, sino la esperanza y una resolución 
indomable, superior á todas las calamida- 
des y desgracias reunidas. La esperanza nos 
alimentaba; nuestra resolución sirvió de base 
para levantar de nuevo el altar santo de 
la patria.» (i) 

Y para complemento de este cuadro som 
brío, copiaré en seguida algo que da idea 



(1) Páez.— Obra citada. 

67 



V. M. OVALLES 

del terreno que ocupaba el llanero en tales 
momentos: 

«En el invierno es cuando el Orinoco cre- 
ce considerablemente y sirve como der re- 
presa al Apure, el cual no puede desaguar 
con facilidad por no tener una velocidad 
y volumen capaces de abrirse paso por en- 
tre el raudal que se le opone. Hínchase, 
pues, y no pudiendo sus bordes contenerlo, 
sale de madre y redunda por todas partes. 
La represa que hace el Orinoco al Apure, 
la ejerce éste sobre muchos de sus tribu- 
tarios; así que la causa principal de las cre- 
cidas de los ríos de los llanos es debido 
á las crecientes del Orinoco. Entonces es 
cuando el bajo- Apure presenta las inunda- 
ciones del bajo-Egipto: sus sabanas ofrecen 
el aspecto de grandes lagos con islas en me- 
dio. Espacios hay de 50 leguas de largo 
sobre seis ó siete de ancho, que están cu- 
biertos de 10 á 12 pies de agua; otros son 
menos profundos, pero siempre lo bastante 
para ser cruzados en todas direcciones por 
las piraguas, canoas y bongos, que en aque- 



68 



V. M. O VALLAS 

lia estación sustituyen á los caballos. El ga- 
nado que no ha tenido tiempo de recogerse 
á los invernaderos, corre mucho riesgo de 
ahogarse, y si por acaso llega á guarecerse 
en aquellas pequeñas islas, es ordinariam en- 
te pasto de los tigres que van allí* á bus- 
car un asilo. Puédese, sin embargo, cuan- 
do se tiene práctica del terreno, comunicar 
á pie ó á caballo de un hato á otro, aun- 
que siempre con mil riesgos por los caima- 
nes, los tembladores ó torpedos y las rayas ; 
y aunque en estas travesías hay frecuente- 
mente que nadar grandes trechos que ocu- 
pan los esteros, los cafios y los ríos, en otras 
partes es absolutamente necesario embarcar- 
se, como sucede entre el Apure y el Arau- 
ca y desde más abajo de San Fernando has- 
ta el punto del Yagual, entre Arichuna, 
Cunaviche y Caribén.» (i) 

Pero á pesar de las inclemencias de la na- 
turaleza y de los hombres 

aquí la gloria 

pasmada calla al ver cómo la fábula 
invade audaz el campo de la historia! 



(1) Codazzi.— Obra citada. 



LIBRO II 



XiX.A.2ñTO 3VLOIDBE,lsrO 



SUMARIO.— Modificación. — Los bongueros. — El 
nuevo ordeñados.— Coplas.— Desmoralización.— 
Las cimarroneras. — Trabajos.— Indumentaria. 
—La casa de Palmarote.— Botiquín de campaña. 
—El capé.— Procedimiento original. 



Veo bastante difícil el fijar él momento histó- 
rico en que se cambian ó modifican las cos- 
tumbres de las colectividades, pues general- 
mente ello obedece á causas complejas y nun- 
ca á rápidas mutaciones. 



71 



V. M. OVALLES 

Pero aceptando, conven cionalmen te, como 
período de transición del primero al segun- 
do tercio del siglo último; pueden conside- 
rarse, entre otras, como causa de la modifica- 
ción de ciertas costumbres en el régimen de 
los establecimientos pecuarios: la vida de 
campamento que llevó el llanero por algu- 
nos años, ya en la guerra de independencia, 
en nuestras frecuentes revueltas intestinas, 
en que él, testigo ó actor, presenció la falta 
de respeto á la propiedad, en primer tér- 
mino, y adquirió los vicios que privan por 
desdicha en el cuartel venezolano; la libe- 
ración de la esclavitud, que reclamó algu- 
na lenidad en el tratamiento del peonaje 
de los hatos; y la deficiencia, ó mejor di- 
cho, la falta de cumplimiento de las leyes 
favorables á los intereses del criador. 

Es lo cierto que desde esa época empezó 
á observarse la alteración del orden y de 
la disciplina en los trabajos del Llano, y 
muy especialmente en las vaquerías. 

Pero nada perjudicó tanto á éstas como 
el espíritu de especulación comercial, prac- 



72 



EL LLANERO 

ticado por algunos individuos conocidos des- 
de entonces en el Oriente del Guárico con 
el nombre de bongueros, ó sean traficantes 
en víveres al menudeo. 

Estos individuos, provistos de sus bongos, 
se iban detrás de las vaquerías y les cam- 
balachaban á los vaqueros los cueros, la gra- 
sa, el cuajo y alguna carne de las reses 
que destinaban para su mantenimiento. 

Pero resultó, como era natural que suce- 
diese, que mataban después mayor número 
de las que necesitaban para su consumo, y 
con los pocos fondos ó los objetos que recibían 
en pago de los mencionados productos, ponían 
jugadas en que pasaban la noche haciendo 
libaciones de aguardiente; y en tanto, el bon- 
guero, hacía cual Juan Palomo, «yo me lo 
guiso, yo me lo como » 

Por supuesto, que llegada la hora del ojeo, 
el vaquero, en vez de salir á cumplir su 
deber, se entregaba dulcemente al sueño, 
y algunos ni siquiera iban al aparte cuan- 
do se paraba el rodeo! 

Y hasta los caballos se resintieron con la 



73 



V. M. OVALLES 

modificación de las antiguas costumbres, pues 
dejó de cuidárseles y de tratárseles con 
el esmero hasta entonces tradicional en el 
Llano. 

Y asimismo se fue alterando el orden en 
las queseras, y trayendo, por consecuencias, 
notables perjuicios. 

Ya se ha visto que el ordeñador antiguo 
era cumplido y laborioso. 

En cambio, el moderno, con suma frecuen- 
cia, después que termina de hacer el queso, 
ensilla un caballo, se va de paseó al ve- 
cindario, • y no regresa hasta la tarde ó por 
la madrugada. 

Generalmente le faltan vacas en el corral, 
por no haber sido picadas en la tarde an- 
terior; el ordeño termina después que el sol 
se alza en el horizonte y viene á iluminar 
un cuadro digno de ser descrito por una 
pluma realista. 

Un ordeñador bostezando con los ojos car- 
gados de sueño; algunos becerros muertos 
ó desmayados en el chiquero, por las enfer- 
medades ó los gusanos; un bote divorciado 



74 



EL LLANERO 

del aseo, en el que se deposita una leche 
sin colar, mezclada á veces con pelos, ga- 
rrapatas, ó partículas de boñiga, á la que 
se le incorpora un cuajo hediondo y una 
sal sucia para hacer un queso destinado á 

cubrirse de queresas en la troje ¡Oh, 

asco! 

Verdad que no son todos, pero puede de- 
cirse que así es la mayoría. 

En lo que ha introducido una innovación 
es en la manera de llamar las vacas. 

El ordeñador antiguo sólo pronunciaba el 
nombre de la vaca en alta voz y el de hoy 
lo hace cantando coplas como éstas: 

Mañana por la mañana 
Riega tu patio de flores 
Que te viene á visitar 
La Virgen de los Dolores. 

¡Carro de oro, Carro de oro!: 



Allá arriba, en aquel alto 
Tengo un pozo de agua clara 
Donde se lava la Virgen 
Los piecitos y la cara. 

Nube blanca, Nube blanca!. 



75 



V. M. OVALLES 

Estrella de la mañana 
Claro lucero del día, 
Cómo no me despertaste 
Cuando se iba el alma mía ? 
¡Clavelito, Clavelito! 

Noche oscura y temerosa 
Préstame tu claridad 
Para seguirle los pasos 
A una ingrata que se va. 
¡Pavo real, Pavo real!.... 



Los más inteligentes emplean romances cu- 
yas estrofas terminan siempre con el nom- 
bre de la vaca que piden al becerrero; éste 
imita el tono del ordeñador y llama al be- 
cerro por el nombre de la vaca; resultan, 
do el canto original y gracioso, pues hay 
algunos que tienen buena voz. 

La vaca, por otra parte, cuando oye su 
nombre, brama; el becerro corre á la puerta, 
y al ver que le han rodado dos trancas, 
«salta veloz, batalla y fuerza el paso, alza 
la cola y en presuroso escape llega á la amo- 
rosa madre, reconoce su piel por el olfato 
y se lanza á la , anhelada ubre; el surtidor 
no abastece su codicia; muda de uno en 



76 



f,~~**rr< T^-WfW» 







SES^L* 



V. M. OVALLES 

otro con afanosa indecisión, y nunca satis- 
fecho, lastima con rudos golpes á la paciente 
madre, que no puede aumentar la limitada 
fuente. Kesbalan por él hocico del becerro 
copos de espuma que despiertan el apetito;» 
y el rudo ordeñador, tras ruda brega, le 
echa el rejo al cuello, lo ata á la pierna 
de la madre, exprime las tetas, y continúa 
el canto con la mayor indiferencia. 

Y con las faltas de formalidad fue acen- 
tuándose la desmoralización en el Llano, 
hasta el punto que dan una idea las líneas 
que copio de unos instructivos artículos so- 
bre ganadería del señor Miguel J. Eomero, 
publicados en 1884: 

«Por los años de 1840 á 1842 fue tan in- 
significante el valor de los productos de la 
ganadería, que el criador no se remunera- 
ba de los gastos ni de su asistencia perso- 
nal en el cuido de sus hatos, de lo que 
vino el abandono y descuido de ellos; au- 
mentáronse los rebaños, se alzaron y se in- 
trodujo la fin esta costumbre de no herrar 
los animales, primero por necesidad, des- 

78 



EL LLANERO 

pues por cálculo y especulación; hubo agu- 
deza y hasta ingenio para sacar mayor par- 
tido de este desorden. — ¿Tenían los hateros 
que matar una res para su abasto ? Esta 
debía ser orejana: ¿Establecían matanza para 
vender tasajo dulce, cueros y sebo? Estos 
se hacían con ganados orejanos. Se dio una 
ordenanza para obligar que se hicieran en 
poblados esas matanzas: para ello se exigía 
una boleta de venta, y por el examen de 
las reses nada se cobraba si era en poblado, 
y se estableció un fuerte impuesto para las 
que se beneficiaban en el campo: los cria- 
dores no necesitaban de boleta, se entendían 
fácilmente con los comisarios, y quedaban 
en libertad de continuar el desorden. 

«Muchos criadores preferían para mayor- 
domos á los más insignes ladrones que iban 
á los hatos, con el pretexto de destruir sus 
cimarroneras, se buscaban otros maestros del 
arte, se circulaba el sitio de vecinos, que 
se llevaban allí con la especulación de des- 
truir á medias las cimarroneras: mayordo- 
mos y vecinos comprendían que era para 



79 



V. M. OVÁLLES 

destruir á los colindantes que se les daba 
residencia en sus terrenos: los amenazados 
seguían el ejemplo del vecino, y abríase una 
cuenta corriente entre criadores; cada cual 
bacía lo posible porque fuese mayor su haber. 
«Los batos estaban cruzados de famosos 
enlazadores bien montados, acompañados de 
perros cogiendo cimarrones: babía otros más 
honrados; trabajaban las cimarroneras con 
ciertas reglas, de acuerdo con los colindan- 
tes; les inspiraban confianza, mientras cons- 
truían lagañas en puntos convenientes y 
después que estaban acostumbrados á beber 
agua en verano todas las cimarroneras veci- 
nas, cercaban las lagunas, ponían mangas, y 
ardía Troya; al principio dieron buenos resul- 
tados estas vivezas y después cada colindante 
estudiaba el desquite, que la agudeza de los 
llaneros encontraba siempre, á veces tan in- 
genioso, que causaba sorpresa y admira- 
ción. ¿Trabajaba un propietario sus cima- 
rroneras? Pues á caballo, decía el colindan- 
te, porque al penetrar en sus terrenos los 
cimarrones ya mudaban de dueños. 



80 



V. M. OYALLES 

«Hacíanse acusaciones de terrenos monta- 
ñosos, sin pasto ni agua. Se hacían casas, 
corrales y lagunas, ponían un pequeño re- 
baño, aquellos terrenos eran adyacentes á 
grandes hatos en que no se herraba ó en 
que había cimarroneras: á los dos ó tres 
años una manga en la laguna era más pro- 
ductiva que los chinchorros de la isla de 
Margarita. El robo era público, pero como 
era absoluto el derecho de opción, se hacía 
bajo el amparo de la ley. (Llámase dere- 
cho de opción el muy legítimo é indispen- 
sable que tiene todo criador de tener por 
suyo todo animal no marcado, de madre no 
conocida, que se encuentre en su terreno). 

«Tuve en mi juventud un amigo marino, 
portorriqueño, que hacía viajes á Barcelona á 
comprar tasajo dulce, queso, cazabe etc.; 
se dejó de este negocio y no lo vi por mu- 
cho tiempo. De pronto se apareció á esta 
ciudad, venía de Barinas, rico, con sólo cua- 
tro años de trabajo. Me contó su historia 
en estos términos: 

—«Al fin me hice rico con poco capital 



82 



EL. LLANERO 

y poco trabajo; me fui á la Provincia de 
Barinas, y por consejos de un llanero, á 
quien hice socio, compré una trampa de 
coger orejanos, esto es, un hato, con muy po- 
cos animales, muy barato: era un buen ve- 
raneadero: allí se reunía en el verano una 
gran parte de la hacienda de los llanos de 
Barinas: en el verano no se trabajaban los 
ganados por costumbre, pero como no lo 
prohibía la ley, así lo hice. Vendía anual- 
mente un gran número de ganado macho, 
el hembra lo herraba: repetida esta opera- 
ción por cuatro años, formé uno de los ha- 
tos más gruesos de Barinas: *se formó una 
gran discusión pública sobre esta cuestión, 
y como había muchos magnates que hacían 
lo mismo que yo, se formaron dos partidos; 
yo realicé y quedé rico.» 

Los ganados de las cimarroneras que se 
habían formado en las montañas de algún 
río, salían de noche á comer á la sabana 
y se cogían de dos modos. 

Uno de ellos era el siguiente: 

Los peones destinados á este trabajo lle^ 



83 



V. M. OVALLES 

vaban una soga rabiatada y dos ó tres ca- 
bos de soga arrollados á la cintura. 

Al aproximarse al lugar guardaban el ma- 
yor silencio y procuraban evitar que al ga- 
nado (de diera el viento,» porque estos ani- 
males tienen tan desarrollado el olfato co- 
mo el perro y el venado; siendo de adver- 
tir que el ganado tiene las mismas costum- 
bres de las bestias cimarronas, de estar siem- 
pre en grupos y muy vigilante. 

Cuando los jinetes divisaban los bultos de 
las reses en lo oscuro, se lanzaban soga en 
mano, sobre ellos; y al animal que le echa- 
ban el lazo *lo barreaban con uno de los 
cabos de soga, y continuaban la carrera por 
el rumbo que llevaba el ganado. 

Y había hombre de esos tan hábiles que 
en una sorpresa amarraba él solo hasta tres 
reses. 

Luego las aseguraba á un árbol, y á los 
dos días las metía en una madrina y que- 
daban reducidas. 

Generalmente hacían estos peligrosos tra- 
bajos en el verano y salían á dormir á la 



84 



EL LLANERO 

sabana para aprovechar el momento de sor- 
prender á tan ariscos animales. 

El otro modo de cogerlos es el mencio- 
nado de las mangas. 

El progreso, como es natural, ha influido 
en la indumentaria del llanero. 

Cambió la tosca cotona por la higiénica 
franela y adoptó el original garrasí, que se 
presta con facilidad para arrollarse cuando 
se lleva á caballo. 

Mas, á la hora presente, después de la in- 
vasión del liquilique, (pieza que por su li- 
gereza se adapta bien al clima y costum- 
bres del llanero;) el resistido uña de pavo 
lucha con. el pantalón por conservar su tra- 
dicional dominio. 

También adoptó la alpargata, que el an- 
tiguo llanero no habría podido usar en la 
sabana, porque resbala sobre el estribo y 
la hierba y sería peligrosa al jinetear ó 
torear. 

En cuanto á la habitación, ha progresado 
algo, si comparamos lo dicho por el Gene- 



85 



V. M. OVALLES 

ral Páez con la casa del taimado Palma- 
rote: 

«Tenía, á lo que pude averiguar, una sola 
pieza, que hacía de sala, de dormitorio, de 
comedor y de despensa, según los casos. Por 
cierto que esta aglomeración de papeles en 
un solo individuo me hizo recordar estos hom- 
bres múltiples, que suele haber en algunos de 
nuestros pueblos más atrasados, los cuales 
hacen de juez, de médico, de abogado y 
hasta de cura, según la necesidad. Hé aquí 
el mobiliario: una butaca de los tiempos del 
Corregidor, una mesa que supongo de la mis- 
ma fecha, según lo temblorosa y chillona 
que se había puesto, la cual mesa era ade- 
más una cómica consumada, pues á las diez 
de la mañana y á las cuatro de la tarde 
hacía de mesa de comer; si apuraba mucho 
el caso, hacía de escritorio; de noche era 
un ropero muy regular, pero muy mal tina- 
jero, por cuanto el gato se daba sus artes 
de beber agua á medias con el amo ; y por 
temporada servía de urna mortuoria á al- 
gún marrano que se matara en la casa, de 



86 



El, LLANERO 

lo cual daban fe las reliquias de sangre y 
grasa que iba dejando en ella esa especie 
de sacrificio. 

«Al frente de la puerta se veía una es- 
pecie de ventana, que probablemente abri- 
rían allí por pública honestidad, como dicen 
los canonistas, pues para dar luz á la pieza 
era demasiado chica, y para dar vista á la 
calle era demasiado alta. En las paredes la- 
terales había varias estacas enclavadas á gui- 
sa de roperos. De una pendía una espada 
en actual servicio, con su banda colorada, 
por más señas: de otra un fuste viejo, dado 
de baja: de aquélla un par de sueltas, uten- 
silios indispensables para todo llanero gra- 
duado en la facultad: de ésta un hierro para 
marcar ganados: de la de más allá pendía 
una crucesita de palma, probablemente del 
domingo de Eamos último, y con la cual 
creía Palmarote estar seguro contra rayos y 
aun conbra el diablo, si éste se descuidaba: 
de la de más acá colgaba una especie de 
cartera de piel de venado, en donde tenía 
Palmarote resumido su botiquín de campa- 



87 



V. M. OVALLES 

fia, á saber: raíz de mato, fruta de burro, 
raíz de escorzonera y corteza de naranja. 
Esto lo aseguraba, decía él, contra la « punta » 
y el «tabardillo.» (i) 

¿Y el Café? ¡Ah, el café! 

Cuando el padre Mohedano plantó en el 
valle de Caracas los primeros cafetos, jamás 
llegaría á imaginarse que creaba la mayor 
delicia del llanero. 

Este abandonó el nutritivo pichero, simi- 
lar del koumys de los tártaros, que la cien- 
cia actual emplea para usos medicinales; y 
colocó por sobre todo el café, creándose con 
su uso la primera necesidad. 

El café para el llanero es algo más que 
el Mate para el gaucho y tanto como la 
Coca para el indio boliviano. 

Y podrán faltarle el pan y la leche en 
su choza, pero jamás el café, para su pro- 
pio regalo y obsequio de sus amigos. 

Y es que al llanero, de complexión exci- 
table é imaginación vivaz, la acción esti- 



(1) Daniel Mendoza.— Palmarote en San Fernando. 
88 



EL LLANERO 

mulante del fruto de esta celebrada rubiá- 
cea* además de disminuirle la necesidad de 
tomar alimento y hacerle más apto para so- 
portar las fatigas, le pro'duce cierto estado 
de ánimo muy bien expresado en estos ver- 
sos: 



«Si estoy triste y cuidadoso 
Y afligido y macilento, 
Tú haces volver la alegría 
Cuando á mis labios te llevo.» 



Y en verdad que los que no han saborea- 
do una taza de café en el rancho del lla- 
nero, no saben lo que es el ponderado Moka! 

Dadle al llanero mal aguardiente, mal ta- 
baco ó mala cena, pero nunca mal café; 
porque él no toma achicoria, brusca, ni maíz 
tostado, sino el grano mejor que produce 
el país. 

Prácticamente ha aprendido á hacer esta 
infusión agradable por su sabor y por su 
aroma, y la toma con tal delectación que 
hay que repetir con un inteligente escritor, 



V. M. OVALLES 

que «el café forma con el caballo y la ha- 
maca los dioses penates del llanero.» 

Me' recuerda el fecundo y siempre opor- 
tuno Bolet Peraza la manera original cómo 
hace el llanero su café cuando se halla en 
los trabajos de sabana. Copio con placer el 
párrafo de su carta en que se refiere á di- 
cho asunto, para que se admire una vez 
más lo agudeza de ingenio del llanero y la 
acuciosidad del escritor, siempre patriota, 
á quien debo además algunos de los canta- 
res que figuran en este libro y que gene- 
rosamente me envió desde las orillas del 
Hudson, empeñando así más y más mi gra- 
titud. 

Hé aquí el párrafo: — «Leyendo la parte 
en que usted refiere lo mucho que el lla- 
nero gusta del café, recuerdo el modo in- 
genioso con que los llaneros hacen su café 
en la totuma sin que se les queme ésta. 
Hacen una hoguerita en la cual ponen unas 
piedras, ó sean guijarros, y cuando éstos 
están rojos de calientes, los van echando 
en la totuma, en la cual tienen ya disuelto 



90 



EL LLANERO 

el café en el agua. Los guijarros van calen- 
tando el líquido hasta hacerlo hervir, y así 
logra esa gente preparar su deliciosa bebi- 
da y conservar el receptáculo para otras 
ocasiones.)) 



LIBRO III 



CABACTEB ZDIEL XjIL.^.2SrS5E-0 



SUMARIO.— Procedencia. — Fisonomía. — Faculta- 
des físicas.— Pasiones. — Hospitalidad.— El lla- 
nero y el gaucho.— Rozas [1] y el General 
PÁez. — Estancación. — Necesidades. — Rutina.— 
El ganado y sus productos.— Marcas.— El oído 
y la vista del llanero. — su retentiva.— los 
animales y las estaciones.— trato del llanero. 
—su lenguaje y sus ocurrencias, 



De los habitantes de las tres zonas en que 
se divide el país, obsérvanse en el llanero 
ciertas peculiaridades que lo distinguen de 
los demás. 



[1] Sobre la verdadera ortografía de este apellido, 
véase Rozas — Ensayo histórico-psico lógico por Lucio 
V. Mansilla.— París.— 1899. 



93 



V. M. OVALLES 

Este hijo de las llanuras es el producto 
del cruzamiento entre las razas española, 
indígena y africana, y «sus costumbres y ca- 
rácter, por una singularidad curiosa, eran 
y son aun tártaras y árabes, más que ame- 
ricanas y europeas, (i) 

Esta mezcla de sangres y el medio topográ- 
fico originan su fisonomía y su manera de ser. 

El señor J. M. Samper lo describe así: 
«Moreno, delgado, membrudo, anguloso y car- 
tilaginoso; su mirada tiene al mismo tiempo 
reflejos salvajes ó feroces y una expresión 
intermitente de candor y dulzura. Su voz 
es muy fuerte, como lo exige la nece- 
sidad de hacerse oír en abiertas y vastísi- 
mas pampas;» y puede considerársele como 
«el lazo de unión entre la civilización y la 
barbarie, entre la ley que sujeta y la liber- 
tad sin freno moral; entre la sociedad con 
todas sus trabas convencionales, más ó me- 
nos artificiales, y la soledad imponente de 



(1) Baralt.— Historia antigua de Venezuela. 
94 



V. M. OVAKLES 

los desiertos donde sólo impera la natura- 
leza y su solemne majestad.» 

En la compleja naturaleza del llanero se 
reflejan á un tiempo: la indolencia y la bon- 
dad de corazón del indio; la movilidad y la 
alegría del africano, y la fortaleza y el in- 
genio de la raza conquistadora; y por en- 
cima de todo esto el sentimiento genial de 
los pueblos pastores por la independencia 
individual. 

«Ama, dice Baralt, como su verdadera y 
única patria las llanuras. 

«Fuera de ellas, sus hijos bailan estrecha 
la tierra, el agua desabrida, triste el cielo.» 

«Acostumbrado — agrega la baronesa de 
Wilson— á vivir en las ' orillas de aquellos 
ríos, en mares de lozano y eterno verdor, 
no se avienen con la existencia de la ciu- 
dad ni con los usos sociales. Prefiere su ca- 
ballo, su vida del campo, su guitarra, á 
todos los placeres de los grandes centros.» 

La necesidad de luchar continuamente con 
los elementos y las fieras y precaverse con- 
tra los innúmeros peligros que rodean siem- 



96 



EL LLANERO 

pre su existencia, desarrollan de una ma- 
nera prodigiosa sus facultades físicas; y así, 
al aceptar el combate, su audacia y su va- 
lor son increíbles. 

Pero acostumbrado á bastarse á sí propio 
en todas las situaciones de la vida, se ha 
hecho arrogante, astuto y cauteloso ; y sien- 
te marcado desprecio por todo aquél que no 
tiene los hábitos, los modales y hasta el 
traje de él. 

Su amor á la vida errante le ha hecho 
considerar como asfixiante la atmósfera de 
las ciudades; y en cuanto á religión, en me- 
dio de sus prácticas supersticiosas, instin- 
tivamente es panteísta 

«Injustamente se le ha comparado en todo 
á los beduinos. El llanero jamás hace trai- 
ción al que en él se confía, ni carece de 
f% y honor como aquellos bandidos del de- 
sierto: bajo su techo recibe hospitalidad el 
viajero, y ordinariamente se le ve rechazar 
con noble orgullo el precio de un servicio. 
No puede decirse de él que sea generoso; 
mas nunca por amor al dinero se le ha visto 



97 



V. M. OVALIiES 

prostituirse, como raza proscrita, á villanos 
oficios. Igualmente diestros, valerosos y so- 
brios que las razas nómades del África, 
aman como ellas el botín y la guerra, pero 
no asesinan cobardemente al rendido, á me- 
nos que la necesidad de las represalias ó 
la ferocidad de algún caudillo no les haga 
un deber de la crueldad. » (i) 

Ciertamente que en el pecho del llanero 
se desarrollan fuertes pasiones que le hacen 
en ocasiones é terrible en sus venganzas, pero 
no existe de ordinario esa ferocidad del sal- 
vaje que muchos han supuesto en él. 

Posee un alma indómita que le lleva 
á la vida errabunda y solitaria de la pam- 
pa; y abandonado á sus propios instintos, su- 
mamente pobre é ignorante; el llanero, á 
quien á las veces debe juzgarse más bien 
extraviado por falsas ideas, que corrompido 
y perverso, hace sentir cuando llega el mo- 
mento el peso de su indignación, como honi- 



(1) Baralt.— Obra citada. 

98 



EL LLANERO 

bre que aprecia la dignidad humana y con- 
sidera á los demás de igual á igual. 

Siempre fue la venganza propia de los 
caracteres enérgicos, y el llanero, como lo 
aseguró Saniper, «tratado con dulzura es hu- 
milde como un cordero; pero ultrajado, es 
un tigre. » 

Mas no se crea que es sordo á la voz 
de la piedad y de todo sentimiento gene- 
roso; «en su corazón afianza sus raíces la 
gratitud como una planta bendita; y así vé- 
Sele consagrar con todo desprendimiento, á 
ser útil en lo posible á su bienhechor.» (1) 

Por el extenso territorio de los llanos cru- 
zan en todas direcciones viajeros, trafican- 
tes en ganado, agentes comerciales, buho- 
neros etc., que conducen caudales con fre- 
cuencia, y jamás se cometen atentados á la 
vida ó contra los intereses del viandante. 

«Fácil sería atraparlos en una sabana, ó 
caerles encima al favor de una mata de 
monte, ó en las angustias del vadeo de un 

^1) Miguel Tejera. 

99 



EL LEANEBO 

río; pero á nadie se le ocurre acrecentar su 
hacienda á tal escote. Antes bien, los po- 
bladores socorren al viajero en sus quebran- 
tos, lo protegen contra los animales feroces, 
lo dirigen en el laberinto de sabanas y lo 
ponen del otro lado de los caños, á buen 
recaudo de los caimanes, del caribe y del pe- 
cecillo temblador que produce calambres mor- 
• tales. 

«La hospitalidad es ferviente como entre 
los árabes, pero más franca, y no termina 
en el umbral de la puerta, quedándole á 
uno siempre enigmático el desierto,- sino que 
el llanero festeja del mejor modo posible á 
su huésped y luego endereza el rumbo del 
viajero por donde más le convenga. 

«Desde que os manda ((desensillar, » podéis 
contaros en vuestra casa. El dueño es un 
hombre prevenido: diríase huraño ó mali- 
cioso; da vueltas mentales á sus intereses 
mientras os acomoda; pero al punto se aho- 
gan sus recelos y os pertenece en cuerpo y 
alma. Se pone en movimiento la quesera en 
vuestro servicio; la cabalgadura tendrá fo- 



101 



EL LLANERO 

rraje y vigilancia; vos, mesa limpia y soco- 
rrida, y vuestra servidumbre un tronco al 
amor del fogón para sentarse á comer y char- 
lar mientras llega la noche. 

«Entonces se refieren peripecias de la vida 
real, amores, cacerías tremendas, lidias de 
toros famosos, expediciones lejanas; y con el 
mismo aplomo se cuentan, como evidentes, 
consejas de brujerías, leyendas fabulosas y 
aventuras extraordinarias./ La invención no 
es grosera, sino noble y poética, y por rudo 
y mal zurcido que vaya el cuento, hay en 
él una manifiesta tendencia á honrar el va- 
lor y á premiar las virtudes en conflicto.» (i) 

También se ha comparado al llanero con 
el Gaucho. 4 

Cierto que su vida y sus costumbres tie- 
nen muchos puntos de contacto, pero hay 
alguna diferencia entre sus condiciones mo- 
rales. 

Esa especie de instinto de locomoción, co- 
mún á los dos, parece más acentuado en 



(1 ) Juan de Dios Uribe. 

> 103 



V. M. OVALLBS 

el último; lo mismo que la inclinación al 
juego, la bebida y el holgorio. 

Su menosprecio por el habitante de la 
ciudad llega hasta el odio; su soberbia es 
tal, que se creería humillado si exigiera un 
servicio, aun á sus mismos compañeros; sien- 
do muy peligrosos sus instintos criminales, 
que lo llevan hasta á reunirse en gavillas 
para asaltar como el beduino. 

Por lo demás, entre el llanero y el gau- 
cho existen grandes analogías, pero, moral - 
mente, me parece el primero superior al 
segundo. 

Y en cuanto á sus trajes respectivos, el 
del gaucho es más extraño y pintoresco; el 
del llanero, más ligero y sencillo, como lo 
exigen lo ardoroso del clima y las inun- 
daciones de su territorio. 

De modo que, á pesar del aislamiento so- 
cial en que vive, de su extrema pobreza y 
de su profunda ignorancia, no está desti- 
tuido el llanero de esos nobles sentimien- 
tos que reclaman la hospitalidad, la grati- 
tud y el patriotismo. 

104 u 



EL LLANERO 

Y aunque soy enemigo de comparaciones, no 
creo demás recordar aquí: que si de entre 
los gauchos surgió aquel abominable Eozas 
que eclipsó en la Argentina los crímenes 
de Nerón y alcanzó una triste celebridad en 
la historia de América; los llaneros de Ve- 
nezuela tienen la inmensa satisfacción de ha- 
ber producido al admirable Páez, á quien 
el Gran Bolívar calificó de Primera lanza 
del mundo; y quien supo, por su amor á la 
gloria y la virtud del patriotismo, elevarse 
desde el mísero estado de peón hasta la Pri- 
mera Magistratura del País y merecer el 
título de Ciudadano Esclarecido, y al que 
justamente se ha tributado el honor de que 
sus venerandos restos reposen en el Panteón 
Nacional ; y hoy, por decreto del Gobierno del 
General Cipriano Castro, se inmortalice en el 
bronce su recuerdo, como ya lo está en la con- 
ciencia nacional, en la cual grabó la gratitud 
el nombre del perínclito Vencedor en Quese- 
ras del Medio y Carabobo! 

Daniel Mendoza, el renombrado autor de 
Palmarote, dijo en unos inspirados versos: 



105 




fmm 



EL LLANERO 

«Orlada también de gloria 
Levantas, patria, la frente, 
Que tu espada prepotente 
Dio fazañas á la historia. 

Mil recuerdos lisonjeros 
Guarda ese libro de ti : 
Todos admiran aquí 
Tu falanje de Llaneros. 

¿ Qué más ? ese gran coloso 
Que tiene por pedestal 
La conciencia nacional 
Del pueblo más belicoso, 

Es el héroe á quien la fama 
Le tributa reverencia, 
Pábz, nuestra Providencia, 
Llanero también se llama.» 

Todo esto prueba que el llanero no es rena- 
ció á la ley del progreso, pero que, aban- 
donado á sus propias fuerzas, privado de 
todo elemento de cultura y oyendo tan sólo 
resonar en su oído alguna nota de la trom- 
pa épica, no es de extrañar su estancación 
en materia de adelantos. 

Mas creo que es llegado el momento de 



107 



V. M. O VALLES 

que se ilustre su razón; de que se cultiven, 
de acuerdo con los buenos principios zoo- 
técnicos, sus aptitudes para la industria pe- 
cuaria, á la cual debemos volver la vista 
esperanzados ante el desequilibrio económi- 
co producido por la depreciación del café; 
y no seguir halagando el oído haciéndole 
creer que es todavía el viejo lancero de otra 
época, sino repetirle con franqueza estos jui- 
ciosos conceptos de Eloy G. González: 

«La mecánica moderna lo sometió al fin 
con sus poderosas máquinas de exterminio 
y de pelea; y allá ha muerto el Centauro, 
entre las malezas de la tierra llanera, co- 
mo un viejo león herido; solitario en sus 
guaridas, despoblada la melena, inermes las 
fauces, y extenuado por medio siglo de ba- 
tallas y de audacias.» 

Es necesario enseñar al llanero, pero con 
hechos, porque él es positivista y no en- 
tiende de teorías, que mientras tenga el méto- 
do rutinario de cuando Cristóbal Eodríguez 
introdujo el ganado en los llanos, permane- 
cerá en la pobreza y las poblaciones llane- 



108 



EL LLANERO 

ras continuarán en su hundimiento, á pesar 
del aumento de ¡a cría; porque el porvenir de 
esta industria y la prosperidad del país hay 
que basarlas en la exportación del ganado 
y de sus valiosos productos. 

Pero para ello es indispensable hacerle 
comprender, que debe comenzar mejorando 
la cría por medio del cruzamiento con ra- 
zas superiores y de una selección esmerada, 
porque nuestros ganados en su mayor parte, 
por flacos y por bravos, no se pueden expor- 
tar; ni servirían tampoco para la prepara- 
ción del tasajo destinado al mismo fin, por 
su inferior calidad. 

Es decir, que es de todo punto convenien- 
te introducir sementales de razas finas, si 
se quiere tener reses de grandes masas de 
carne y grasa, ó famosas vacas lactíferas; 
fomentar la siembra de pastos apropiados 
para la cría y engorde, como lo aconsejan 
de consuno la ciencia y la experiencia. 

Y asimismo, hacerse de buenos reproduc- 
tores para obtener caballos vigorosos, de tiro 



109 



V. M. OVALLB5 

y de carrera, y reemplazar nuestros enjutos 
caballitos. 

Y aprender la preparación de carnes en 
conserva, el curtimiento de toda clase de 
cueros, y la fabricación de quesos, mante- 
quilla etc., por los métodos modernos; á 
la vez que adoctrinarse en la Veterinaria 
para medicinar bien sus rebaños. 

Abandonar, en fin, la rutina y hacer es- 
fuerzos individuales para regenerar la cría, 
exigiendo tan sólo á los gobiernos algunas 
leyes protectoras. 

Es verdad que el llanero ha tenido en la 
guerra un poderoso enemigo, cuyo grito tra- 
dicional ha sido, como donosamente dice 
Sales Pérez: ¡Viva la libertad, muera el 

ganado! j pero no es menos cierto que 

también ha tenido otro muy grande en sí 
mismo, con su falta de formalidad y su in- 
clinación á las revueltas políticas. 

De modo que para mejorar su industria 
y darle vida, tiene él también que mejorar 
sus actuales condiciones, para ayudar á fo- 



lio 



EL LLANERO 

mentar la paz pública, que al fin se impon- 
drá de algún modo. 

Es decir, entregarse con resolución al tra- 
bajo y considerar como ajeno todo animal 
que no tenga su hierro y sus señales 

Porque de la falta de respeto á la pro- 
piedad, surgen males como el que indica la 
graciosa y expresiva anécdota que sigue: 

Dos colindantes amigos y por añadidura 
compadres, mataban con frecuencia ganado 
para el abasto de sus respectivos hatos; mas 
como uno de ellos se encontrara en trance 
de muerte, y el llanero, que no teme al 
toro bravo, al caballo salvaje, al tigre, ni 
al caimán, le tiene horror á las uñas del 
diablo; y mostrándole una tarja, le dijo: 

— «Compae: creo que la soga se revienta 

de un momento á otro y como deseo 

estar arreglao para cuando Dios me estaque 
el cuero, quiero que cuente los piquetes que 
tiene esa tarja, que son las reses suyas que 
me he comió desde que somos vecinos » 

Contó el buen llanero los piquetes, y le 
dijo con cierta socarronería: 



111 



V. M. OVALLES 

— «Muera sin corcóveos de la concencia, 
compae; que yo no traje mi tarja, pero creo 
que me le he ido por encima de la última 

tranca A padrote viejo no le relinchan 

potros, compae! » 

En comprobación de lo que precede^ tras- 
cribo el artículo iv de una serie que con el 
título La vida en nuestras zonas publi- 
có el inteligente escritor patrio señor Do- 
mingo B. Castillo: 

«Al pisar la zona pecuaria, la más im- 
portante en el estado actual del desarrollo 
de nuestra riqueza, nos encontramos en el 
desierto abrasador, en medio del bienestar 
positivo del país. 

Esa zona es variada y abarca principal- 
mente las regiones del Guárico, Apure y 
Zamora. 

La primera que se extiende por el Orien 
te hasta los Estados que tienen su capita 
en la costa, es la menos favorecida. La ma 
yor parte del terreno es árido y por consi 
guíente el pasto es áspero y poco jugoso. 

Las restantes tienen un suelo .más unifor 



112 



V. M. OVALIiES 

me; son las grandes estepas del llanero le- 
gendario y poseen una yerba suave y nutri- 
tiva. 

La diferencia geológica y del forraje es- 
tablece también notable diferencia en el pro- 
ducto y en el esfuerzo que se emplea para 
obtenerlo. 

El guariquefio trabaja más que el apure- 
ño, y su trabajo le da menos resultados. 

Mientras que en el oriente del Guárico, 
el gusano, las grandes sequías y la ingra- 
titud del medio azotan la cría, el apureño 
y el zamorano apacientan sus rebaños sin 
zozobras y el animal se reproduce sin los 
io con venientes que lo rodean en la región 
vecina. 

El ganado se produce en esos lugares con 
la misma espontaneidad con que nace el pas- 
to que lo alimenta. 

El hombre se preocupa poco de la vida 
de la especie en general, y donde tienen una 
idea informe de la psicología del animal es 
porque poseen vacadas de ordeño. 

Por lo demás, en todas partes se ve el 



114 



EL LLANBHO 

espectáculo de la vida pastoril primitiva; en 
todas partes impera la monotonía con que 
el pastor de la primera edad del mundo 
apacentaba sus rebaños. 

Nada se ha hecho en el sentido de me- 
jorar el terreno y los pastos. Y en cuanto 
á la selección de las especies y simplifica- 
ción del (trabajo por medio de pequeños fun- 
dos que faciliten la domesticidad del gana- 
do, tampoco se ha dado paso alguno. 

El llano es á este respecto lo mismo que 
era en los tiempos de la colonia. Una fuen- 
te de riqueza viva en poder de un tipo es- 
tacionario que no atina á darle forma ex- 
pansiva á su inmenso centro de prosperi- 
dad. 

Las grandes estepas de la Eepública son 
la mansión de una colectividad que tiene la 
simplicidad del desierto y de la ocupación 
en que pasa sus días. 

La imaginación del llanero no se conmue- 
ve con. los arranques de la imaginación exal- 
tada del hombre de la metrópoli. 

Su vida paciente, rutinaria, imaginativa 



115 



V. M. OVALLES 

y melancólica por la costumbre de ver siem- 
pre el horizonte de las pampas, oculta un 
carácter sensible ante los intereses que le 
rodean. Sobre este particular tiene el posi- 
tivismo del tipo sajón. 

El trabajo con la bestia, cuya inclinación 
agresiva está poco ó nada dulcificada, y al 
lado de la cual se desarrolla su calor hu- 
mano, le ha dado cierta reflexión que no 
es común en los habitantes dé las demás 
zonas. 

La malicia y sagacidad con que procede 
en las faenas empleadas para dominar al bru- 
to le han dado esa cualidad. 

Ese producto de su vida experimental 
constituye el dato más importante de su per- 
sonalidad interna. En sus relaciones socia- 
les se exteriorizan esas peculiaridades en 
forma que determinan un tipo por demás 
cauteloso. 

Su organización social es de lo más espar- 
cida. En el llano cada hato es una peque- 
ña agrupación que tiene la compañía del re- 



116 



EL. LLANERO 

baño y la tranquilidad abrumadora del de- 
sierto. 

Las ciudades son centros comerciales y re- 
sidencia de los hombres pudientes, y es de 
notar que en esos núcleos sociales no hay 
la aglomeración de vagos que se encuentra 
en la mayor parte de los establecimientos 
del resto de la Bepública. 

La prodigiosa hoya hidrográfica en cuyos 
contornos están diseminados los grupos pas- 
toriles conserva aún toda su virginidad por 
falta de brazos y de inteligencias previso- 
ras y progresistas. 

Los ríos y caños se tragan anualmente una 
cantidad considerable de los rebaños que los 
pasan á nado. T todavía el llanero no ha 
pensado en la construcción de un puente 
sobre ninguna de las grandes vías fluviales 
que atraviesa todos los días. 

En todas las estepas y en muchas pobla- 
ciones y caseríos se carece de agua para la 
gente y los animales, y nadie piensa en abrir 
pozos con molinos de viento para obtener 
ese elemento de vida. 



117 



V. M. OVALLES 

La idea del progreso no se asocia á los 
cálculos del llanero. 

Los esteros que tanto perjuicio le causan, 
tampoco le preocupan ; y por lo que se refie- 
re á los terrenos labrantíos que posee, los 
cultiva en parte cosechando en ellos algu- 
nos frutos menores en cantidad inapreciable. 
No faltan plantaciones de caña con trapi- 
ches semejantes á los que se encuentran en 
los alrededores de Caracas. 

La inclinación dominante es la cría; lo 
demás se ve con indiferencia. 

La acumulación del capital en oro es el 
gran pensamiento del llanero. 

Nadie ignora que en el llano hay sumas 
considerables de ese metal paralizadas por 
la incuria de sus dueños. 

Este tipo fuerte, tostado, acostumbrado á 
las sensaciones violentas por el oficio de do- 
mar potros y toros con el esfuerzo físico, 
tiene alta representación en la historia del 
heroísmo venezolano. 

La ocupación ruda, azarosa y atrevida, 



118 



EL LLANERO 

justifica y explica el papel que el llanero 
ha representado en la tragedia nacional. 

Por lo demás, la naturaleza de la vida 
pastoril que es de suyo extraña al espíritu 
inventivo, le señala puesto secundario en la 
labor social. 

El arte pastoril produce el bienestar de 
que disfruta el llanero y es de incuestio- 
nable utilidad para las demás zonas, pero 
la variedad del tipo que lo cultiva será siem- 
pre por ley natural indiferente á los prin- 
cipios que rigen en las asociaciones compli- 
cadas. 

Y es natural semejante desenvolvimiento, 
porque su trabajo, en extremo elemental: re- 
colección del ganado, ordeño y fabricación 
de quesos, lo mismo que su vida aislada y 
si se quiere libérrima, lo alejan del estado 
social que tiene leyes permanentes como las 
que rigen en el mundo físico. 

La entidad psicológica que se forma en 
ese medio, es humana y útil, pero ya lo 
hemos dicho, no puede influir en la civi- 
lización del país. 



119 



V. M. OVALLES 

El llano, tal como se halla actualmente, 
es un centro productor de carne. 

Transformado por una población industrial, 
será el primer centro geográfico de la Bepú- 
blica.» 

Sin embargo de su apego á la rutina, el 
llanero es ingenioso para aplicar los produc- 
tos de su industria á muchos usos. 

Vivo ó muerto, se vale del ganado para 
todo. 

Además de la carne, la grasa, el cuajo, 
la leche, el queso, la mantequilla, el suero 
etc., utiliza para usos medicinales: el cuerno, 
la pezuña, el bolo, la leche, el suero, la 
crema, el queso, la manteca, el sebo, la san- 
gre, los orines, la hiél, el cuajo y la bo- 
ñiga; dándole á la vez otras aplicaciones á 
estos mismos productos. 

El cuero lo emplea: para sogas, forros de 
fuste, corazas de silla, guardabastos, acio- 
nes, gruperas, cinchas, correas, cabezadas, 
bozales, tapaojos, riendas, sueltas, maneas, 
aciales y zapatos para bestias; carapachos 
de enjalma, lazos, arristrancos, pretales, ta- 



120 



EL LLANERO 

pas, mochilas y petacas; cueros para dor- 
mir, catres, campechanas, sillas y butaques; 
polainas, cotizas, fajas y vainas de mache- 
tes y cuchillos; botes para pasar los ríos (i). 
para la leche y zurrones para guardar fru- 
tos; parihuelas, tamices, tarjas, chicotes, tor- 
cidos, bandolas, mandadores, forros para ta- 
paras y botellas; garnieles, bolsas para yes- 
cas etc. 

Además, el llanero empleó los cueros en 
la guerra de la Independencia para atarlos 
con sogas á la cola de caballos cerriles, co- 
mo estratagema para sorprender al enemigo. 

De los cuernos fabrica: estribos, cachos 
para beber agua, para tocar, cargar aguar- 
diente, guardar pólvora, y medidas para ésta; 
fosforeras, estuches, cachas de cuchillos y ma- 



(1) «El procedimiento para hacer los botes es el si- 
guiente : Se toma un cuero, y pasando una soga por 
los agujeros que se hacen en sus extremos, se meten 
dentro los efectos, y recogiendo la soga hasta cerrar 
y asegurar lo que queda dentro, se hace un nudo y 
se echa al agua el bulto, el cual va tirado por un 
cordel que lleva el hombre en los dientes.» 

Páez.— Obra citada. 



121 



V. M. OVALLES 

chetes, punzones para agujerear correas y 
paletas para tocar bandolas. 

De la vejiga hace: bolsas para el tabaco 
de mascar y marimbas. 

De los huesos: cabos para los hierros, pa- 
letas, punzones y escarbadientes. 

De la cerda: riendas, cabezadas, gruperas, 
rejos, hicos y cabestros de ensillar. 

Del véretro: bozales y magníficos bastones. 

Curiosa es la manera y los nombres de las 
señales de que se vale el llanero para mar- 
car el ganado vacuno en las orejas. 

Véase el grabado en la página siguiente. 

1 (Oreja natural). — 2 Agujero. — 3 Arpón. 
— 4 Boca de cangrejo.— 5 Bocado.— 6 Bone- 
te.— 7 t Cruz.— 8 Hachuela.— 9 Hoja de hi- 
guera. — 10 Hoja de parra. — 11 Horqueta — 
12 Levado.— 13 Martillo. — 14 Media puerta. 
— 15 Peine. — 16 Piquete. — 17 Punta de lan- 
za.— 18 Tarabita.— 19 Tronce.— 20 Zarcillo. 

Las marcas números 17 y 19 están prohi- 
bidas por la ley, ó sea el uso de una en 
ambas orejas, ó de las dos simultáneamente j 
lo mismo que el hierro de la forma llama- 



122 



EL LLANERO 













6 7 8 9 10 









11 12 13 14 15 







16 17 18 19 20 



V. M. OVALLES 

da troja, de que se valen los llaneros de 
mala fe para cachapearle el hierro á los ani- 
males ajenos y apropiárselos. 

Tiene el llanero, como el indio, muy des- 
arrollados les sentidos de la vista y del oído; 
y una gran retentiva para todo lo que se 
relaciona con su industria. 

A larga distancia distingue el color de 
las reses y sigue el rumbo de éstas por las 
huellas á< dondequiera que vayan. 

A veces, entre varias pisadas, por la forma, 
conoce la de su caballo; y lo busca y no 
se equivoca. 

Aplica el oído al suelo y, por el ruido, 
sabe si es de gente ó animales, si son po- 
cos ó muchos, y si vienen ó van. 

Marcha siempre por travesías con rumbo 
cierto; se da cuenta aproximada de las dis- 
tancias que recorre; recuerda el paso $el 
caño, el árbol ó la mata por donde ha pa- 
sado una vez, y por el color de la vegeta" 
ción conoce los lugares donde hay agua. 

Tiene una gran habilidad para orientarse 
en dondequiera que se halle. 



124 



EL LLANERO 

Se vale el llanero de los animales que lo 
rodean para conocer la entrada de las es- 
taciones. 

A ese respecto escribió el doctor Arístides 
Eojas en su bellísima prosa: ((Elocuente es 
el gabinete de los metereologistas animados 
en las regiones de las sabanas, cuando oyen 
en lontananza los primeros truenos precur- 
sores del invierno. El caballo retoza y re- 
lincha, el toro eleva la cabeza y ventea; 
ambos han sentido en el aire un aroma de 
vida que los invita á mirar al cielo. Entre 
tanto ruge el jaguar en medio de la maleza, 
los monos araguatos gruñen antes de nacer 
el sol, y el zorro astuto aulla en sus cuevas. 

Más tarde, cuando principia la gran emi- 
gración de los metereologistas alados, el toro 
muge, escarba la tierra con sus patas delante- 
ras y solicita las alturas: el invierno está 
próximo y ha sonado la hora de la partida; 
porque las sabanas van á convertirse en océa- 
no, y sólo el metereologista alado tiene el 
derecho de posarse sobre las aguas. » 

A un nuevo ordeñador se le entregan las 



125 



V. M. OVALLES 

cincuenta vacas que constituyen la tarea; éste 
se informa de sus nombres, y no sólo los 
aprende en breves días, sino que las llama 
por su orden sin equivocar ninguna; cono- 
ciendo al momento el nombre de la vaca que 
se le ha quedado en la sabana y brama en 
la madrugada fuera del corral. 

Pero lo que es más admirable! 

Eecibe un llanero una partida de reses por 
la tarde y la encierra. 

Por la noche dos toros peleando rompen 
el corral y se salen cuatro reses. 

Al amanecer cuenta y revisa el ganado, y 
dice: 

— Falta el toro encerado oreja gacha, un 
novillo lebruno, la vaca borcelana rabo tuer- 
to y un torete barroso. 

Los sigue por las huellas, y pocas horas 
después vuelve al corral con las reses indi- 



Dondequiera que se reúnen dos llaneros 
versan sus conversaciones sobre sabanas, co- 
gidas de vacas, animales extraviados, con- 
diciones de los caballos etc., y se pintan los 



126 



EL LLANERO 

hierros en el suelo para hacerse encargos mu- 
tuamente. 

Una ocasión, por semana santa, se halla- 
ban dos hijos de la pampa en una función 
de iglesia, y uno de ellos no quitaba la 
vista á la imagen del Nazareno. 

El párroco predicaba de un modo muy 
patético sobre la pasión de Jesucristo; y el 
buen llanero conmovido agarra al compañe- 
ro por el brazo, y le dice en tono de con- 
vicción: 

— «¡Compae!: si yo hubiera estao allí, le 
meto el mocho castaño y no le ven ni el 
celaje! » 

Es costumbre tradicional en el Llano el 
trato fraternal ; y así es frecuente valerse de 
las palabras siguientes: socio, vale, medio- 
vale y compañero; ó cuñado, pariente y her- 
mano (ó «mano»), sin que hayan vínculos 
de familia. 

Esto hace más cordiales las relaciones de 
amistad y da origen á prestarse mutuos y 
desinteresados servicios entre las personas 
que lo usan. 



127 



V. M. O VALLES 

También se nota en el llanero la costum- 
bre inveterada de poner apodos, no sólo á 
las personas á su servicio, sino á la gene- 
ralidad. 

Ello podrá ser alguna vez demostración de 
cariño, pero arguye más bien travesura de 
ingenio y cierta causticidad propia de su 
carácter, si nos fijamos en la clase de nom- 
bres que elige de preferencia; no siendo raro 
que algunos de éstos se trasmitan por he- 
rencia y conozcamos familias enteras más 
por el apodo que por su propio apellido. 

Pero hay que confesar que, generalmente, 
hay gracia en la elección de tales nombres; 
lo que nada tiene de extraño, atendiendo á 
que el llanero usa un lenguaje pintoresco, 
oportuno, y muy gráfico en sus compara.- 
ciones. 

De tal modo, que cuando él hace un ne- 
gocio con alguno y se cree asegurado, dice 
que tiene al otro «enlazao de cacho y quijá;» 
y si hay quien le advierta que el indivi- 
duo puede jugarle una mala pasada, con- 



128 



EL LliANERO 

testa: «déjelo que corcobé pa quítale los brin- 
cos » 

Aconsejaba yo á un llanero para que de- 
sistiera de un pleito: 

— Mire, amigo mío, que esos asuntos son 
siempre desagradables y es preferible arre- 
glarlos amistosamente. 

— «No, dotor, yo conozco elsebo de mi ganao : 
ese hombre es mandinga por las uñas; me 
.jerró el maute en lo que se presina un cura 
loco, y le tengo el j ierro encerrao.» 

— ¿Pero usted no ha oído decir que es 
mejor un mal arreglo que un buen pleito 1 

— «Yo no soy estudiao, dotor, pero tengo 
el hombre bien cogió, y si patalea, se ajorca: 
lo que es ahora, ó me da la yegua, ó le 
mato el potro!» 

Solicitar á una persona, es «sabanearla;» 
contestarle oportunamente á alguno, es «sa- 
lirle en la paleta;» ser hombre de talento, 
es «tener tabaco en la vejiga;» «estoconarse» 
es quitarse el sombrero delante de alguna 
persona de respeto; y así por el estilo. 

Eecuerdo que en una ocasión fui presentado 



129 



V. M. 0VALLE8 

á uno de esos llaneros rancios, quien me 
había visto hacía algunos años^ y aseguró 
que me conocía desde pollinito 

Otra vez ese mismo llanero me dijo: 

— Dotor: quiero que me dé un remedio. 

— ¿Y qué tiene usted? 

— Que llevé un zapatazo en una pata de 
atrás, más arriba del maniadero 

— Pero ese es un matrimonio despropor- 
cionado, — dije yo en cierta ocasión á un lla- 
nero amigo mío: ya su edad es avanzada, 
y esa niña es muy joven! 

Se paró de repente, y dándome una fuerte 
palmada en el hombro, me gritó muy reído: 

— «¡No, dotor: á caballo cansao, chaparro 
nuevo! » 

A otro hijo de los llanos, con quien tuve 
buena amistad, le pregunté una vez: 

— ¿Y por qué acostumbra usted siempre 
poner la mano en forma de tubo en la 
boca cuando habla? 



130 



EL LLANERO 

— «Pa agarra, dotor, las palabras malucas 
antes que se me salgan » 

De recomendar es tan prudente costum- 
bre, sobre todo á los políticos declamadores, 
tan abundantes en esta zona, 

donde nacen Ministros á docenas 

y cada madre da á luz un General! 



LIBRO IV 



poesía del. llaneuo 



SUMARIO.— Afición del llanero Á la música y el 
canto. — Carácter peculiar de su música y su 
poesía.— Facilidad para improvisar.— Opinión de 
Vergara y Vergara.— El doctor Arístides Rojas 
y la poesía popular venezolana.— romances y 
coplas.— Amor del llanero al caballo.— El ca- 
ballo En la historia, la poesía y la fábula.— 
El caballo heráldico.— Deseos del autor. 

El hijo de nuestras llanuras es muy afi- 
cionado á la música y al canto, é impro- 
visa con bastante facilidad coplas y roman- 
ces muy graciosos, en que luce la agudeza 
de su ingenio. 

Su música es tan heterogénea como su ori- 
gen, y refleja por atavismo los diversos ca- 



133 



V. M. OVALLES 

racteres que contribuyen á la formación del 
suyo; y así es á un tiempo melancólica, ca- 
denciosa y llena de gentileza. 

El yaraví, característico de los llanos, es 
un canto profundamente triste. 

Diríase que es una queja íntima, una re- 
miniscencia de la pesadumbre de las razas 
que lloraron la pérdida de sus libertades. 

Cuando el llanero conduce los ganados á tra- 
vés de aquellas inmensas soledades, entona 
para guiarlos un canto dulce y melancóli- 
co; y es tal la influencia que ejerce sobre 
aquéllos, que parecen marchar como atraí- 
dos por un acento mágico. 

A veces, en el silencio solemne de la pam- 
pa; á la poética luz de la luna y bajo al- 
guna palmera que agita su abanico movido 
por la cálida brisa, canta el llanero sus tro- 
vas peregrinas, y 

Brotan del inculto cancionero 
La copia, el tono triste y el romance. 

Mas hay que considerar la índole de esos 
cantos que nacen bajo los merecures y cha- 



134 



EL LLANERO 

parros y que cual la garza que atraviesa 
los esteros, vuelau á todas partes, se gra- 
ban en el corazón del pueblo y animan y 
conmueven cuando se oyen recitar. 

Vergara y Vergara, citado por el doctor 
Arístides Bojas, dice, refiriéndose á la poe- 
sía popular en las llanuras de Colombia con- 
tiguas á las de Apure: 

«No ha habido ningún poeta culto de los 
llanos; el pueblo compone lo que canta y 
canta lo que compone. No acepta coplas de 
oferas tierras. Sus composiciones favoritas son 
romances aconsonantados, que llaman gale- 
rones, y que cantan en una especie de re- 
citado con inflexiones de canto en el cuarto 
verso. Es el mismo romance popular de Espa- 
ña, y contiene siempre la relación de alguna 
grande hazaña, en que el valor y no el amor 
es el protagonista: el amor es personaje de 
segundo orden en los dramas del desierto. 
Indudablemente tomaron la forma del me- 
tro y la idea de los romances españoles; pero 
desecharon luego todos los originales y com- 



135 



V. M. OVAKLES 

pusieron romances suyos para celebrar sus 
propias proezas.» (i) 

Y también esto es verdad con relación á 
Venezuela. 

El llanero ha impreso fisonomía á la Pam- 
pa y ha escrito su nombre de manera in- 
deleble en las páginas de la Historia. 

Tiene costumbres propias, lo que es prue- 
ba inequívoca de que posee un alma vigo- 
rosa; y su lenguaje, ya lo hemos visto, es 
original, donairoso y muy abundante en fra- 
ses, que, oídas una vez, no es fácil confun- 
dir y mucho menos olvidar. 

Y así no es extraño que las produccio- 
nes poéticas del llanero tengan también el 
sello peculiar de su origen. 

Era opinión del citado doctor Eojas, folk- 
lorista distinguido, «que en la región occi- 
dental y la oriental de Venezuela, el Can- 
cionero popular ostenta otro carácter, pues 
tiene mucho del Cancionero español, sobre 



(1) J. M. Vergara y Vergara.— Historia de la Litera- 
tura de Nueva Granada etc. etc. 



136 



EL LLANERO 

todo en las costas del Coquibacoa y de Cu- 
maná. Las canciones, romances, coplas y glo- 
sas del poeta popular en estas localidades, 
tienen sabor andaluz.)) 

Sobrentiéndese que son cantos sencillos, 
graciosos y llenos de fuego, inspirados por 
el amor ideal de la mujer é impregnados 
del aliento voluptuoso que exhalan los poé- 
ticos cármenes de las bellas riberas del Betis. 

Para apreciar los cantares llaneros es ne- 
cesario fijarse en la tiránica influencia del 
medio. 

El llanero ha tenido que luchar con una 
naturaleza imponente y agreste; en un te- 
rritorio de hermosos y dilatados horizontes, 
pero expuesto á las inundaciones periódi- 
cas, y fecundo en animales dañinos; en el 
que el sol y las tempestades se dejan sen- 
tir con la energía del trópico, y la vida 
del hombre se halla rodeada de peligros. 

Por ello la poesía que inspira la solita- 
ria pampa á su habitador, refleja, antes que 
todo, el valor, la destreza, la agilidad y la 
astucia del hijo de las llanuras. 



137 



V. M. OVALLES 

Sus coplas y romances carecen de los sua- 
ves contornos, del sentimiento tierno y de 
la poética idealidad que caracteriza los can- 
tos que inspira la mujer en otros medios. 

Veamos algunas muestras de la musa po- 
pular de los llanos. 

CORRIDO (1) 



En el hato de Setenta 
Donde se colea el ganao, 
Me dieron para mi silla 
Un caballito melao ; 
Me lo dieron por maluco, 

Y me salió retemplao. 

Más acá de sí sé dónde, 
Juntico de la quebrá 
Iba yo, ya nochecita, 

Y hallé la tigra ceba ; 



(1) Este corrido, según el doctor Arístides Rojas, 
se remonta á los primeros años del siglo pasado, y 
fue publicado por la primera vez en la mencionada 
obra de Vergara y Vergara; pero entre la copia do 
éste, la del doctor Rojas, que data del año 1824, y la 
que publico aquí, se nota alguna discrepancia. 

138 



EL LLANERO 

No sé qué estaba pensando 
El dianche de condena, 
Que así que me vido encima 
Me tiró una manota. 

«Juyiste !»— dije á la indina, 
No seabusté tan malcría, 
Que pa saludar á un hombre 
No se le tira á la cara. 
¿ No ve que el morcillo es potro 

Y que se asusta de ná ? 

Por lados del llano abajo 
Donde llaman Parapara, 
Me encontré con un becerro 
Con los ojos en la cara'; 
El rabo lo tenía atrás, 
Tenía pelos en el cuero, 
Los cachos en la cabeza 

Y las patas en el suelo ; 
Abajo tenía los dientes 

Y arriba no tenía ná, 

Y en medio de las quijá 
Tenía la lengua enreda. 

Me llaman el «tantas muelas» 
Aunque no las he mostrao, 

Y si las llego á mostrá 

Se ha de ver el sol eclisao, 
La luna teñida en sangre, 
Los elementos trocaos, 
Las estrellas apagaas 

Y el mesmo Dios armirao. 

139 



V. M. OVALLES 

Para saltos, el conejo, 
Para carrera, el venao ; 
Yo me parezco á los tigres 
Y al león en lo colorao. 
Yo no soy de por aquí 
Yo soy de Barquisimeto : 
Naide se meta conmigo 
Que yo con naide me meto. 



Yo soy nació en Aroa 

Y bautizao en el Pao, 

No hay zambo que me la haya hecho 
Que no me la haya pagao ; 
Que anoche comí culebra 

Y esta mañana pescao ; 
Que los déos los tengo romos 
De pégale á los malcríaos. 



Jtíl que cantare conmigo 
Ha de ser muy estudiao, 
Porque lo tengo é dejar 
Como faldriquera á un lao. . 



Conmigo y la rana, es gana 
Que se metan á cantar 
Que no me gana á moler 
Ni la piedra de amolar, 
Porque tengo más quintillas 
Que letras tiene un misal. 



140 



EL LLANERO 

Yo fui el que le dio la muerte 
Al plátano verde asao ; 
Cuando me lo dan, lo como, 
Cuando no, aguanto callao. 

Échenme ese toro afuera, 
Hijo de la vaca mora, 
Para sacarle una suerte 
Delante de esta señora. 

Y si el toro me matare 
No me entierren en sagrao, 
Entiérrenme en una loma 
Donde no pise el ganao : 
Déjenme una mano afuera 
Con un letrero encaruao 
Pa que digan las muchachas : 
«Aquí murió un desdichao : 
No murió de tabardillo 
Ni de punta de costao, 
Como llanero murió 
En los cachos del ganao.» 

Mi mujer está muy brava 

Porque otra me agasajó 

¡ Si yo tengo mi modito 

Y me quieren, ¿ qué hago yo ? 

Mi mujer cuando me cela 
Es una vaca paría ; 
Pero yo le doy carpeta, 
De noche como de día. 

141 



V. M. OVALLES 

Yo te di mi medio rial 
Porque me hicieras cariños^ 
Sólo me hiciste una vez, 
Me estás debiendo un cuartillo. 

Mi mama me dio un consejo, 
Que no fuera enamorao, 

Y cuando veo una bonita 
Me le voy de medio lao, 
Como el gallo á la gallina, 
Como la garza al pescao, 
Como la tórtola al trigo, 
Como la vieja al cacao. 

Yo no soy de por aquí, 
Yo vengo del otro lao, 

Y me trajo un capuchino 
En las barbas enredao. 

Si hubiere alguno en la rueda 
Que con yo esté incomodao, 
Sálgaseme para afuera, 
Lo pondré patiaribiao 
Con este brazo invencible 
Que Jesucristo me ha dao, 
Que en estos llanos de Achagua 
Yo soy el zambo mentao ; 
Yo fui el que le di la muerte 
Al plátano verde asao, 
Con un cabito de vela 

Y un padre nuestro gloriao, 

142 



EL LLANERO 

He copiado en primer término este corri- 
do, porque él caracteriza muy bien la poe- 
sía de la pampa. 

Todo en ese romance es hiperbólico, feno- 
menal y jactancioso. 

En el que sigue se nos presenta el mismo 
tipo valentón, especie de Tenorio vagabundo, 
amigo del amor libre como el potro que ha- 
bita las llanuras. 

Gusta al llanero cantar sus coplas y gale- 
rones en presencia de la reunión y, muy es- 
pecialmente, de las damas. 

Y á compás del tiple entretiene el audito- 
rio con la narración de sus hechos fabulo- 
sos. 

Estando enamoriscao 
De una zamba en la Piragua, 
Me dijo que la llevara 
Para los valles de Aragua. 
La zamba como era buena 
Nunca se sintió aflegía 
Y el caballo con los cascos 
Hasta la tierra partía. 
Una hoja de cinco cuartas 
De la vaina se salía. 



143 



V. M. OVALLES 

Yo cogí ese llano abajo 
Lo cogí por travesía 

Y en el hato de Antón Pérez 
Hice la primer dormía. 
Los piones en el caney 

Ya se estaban convoyando ; 

Entre los piones había 

Un blanquito muy nombrao ; 

Lo nombraban Hinojosa : 

— Amigo, ¿ é dónde es la moza ? 

—Yo le dije : blanco viejo, 

Eso es mucho pregunta, 

Jale por una silleta 

Y póngase una sotana 

Y véngame á confesa.— 

El blanco era é pocas pulgas 

Y allí me empezó á tira, 
Con asadores calientes 
Me daban con carne asá. 

En los versos que van á continuación se 
manifiesta también su natural fanfarria, pero 
está bien expresado el valor del llanero, que 
es indudable. 

Huracán pasa por casa 
Tempestad por mi ventana, 
Río creció sal al camino, 
Tigre, vente á mi sabana ; 
Toro bravo á mi corral, 
• Candela, al palmarital. 



144 



EL LLANERO 

Y verán si soy un hombre 
De mirarme en los peligros 
Cara á cara con la muerte 
Con el corazón tranquilo. 

Pero donde hay que oír al trovador sa- 
banero es en los bulliciosos joropos. 

Allí está en su verdadero elemento. 

Cantan, alternando, Turupiál y Arrendajo, 
como si dijéramos, la flor y nata de los poe- 
tas populares del Llano: * 

Cuando ensillo mi caballo 

Y me fajo mi machete, 

No envidio la suerte á naide 
Ni aun al mismo Presidente. 

Arrogante yo me siento 
Cuando voy sobre el caballo, 
En la pampa no transijo 
Ni con rey ni con vasallo. 

Tengo una lanza de Arauca 
Con un cubo de platina 

Y en la cintura terciada 
Una Santa Catalina. 

145 



EL LLANERO 



Yo no le temo á las balas 
Ni á cuchillo ni á puñales 
Ni á un hombre de vara y media 
Ni de dos varas cabales. 



Sobre la hierba, la palma 
Sobre la palma, los cielos, 
Sobre mi' caballo, yo, 
Y sobre mí, mi sombrero. 



Hará cinco años y pico 
Que no visito el Calvario, 
•Porque le di en el jocico 
Al Juez y al Secretario. 

Yo quieto, tranquilo vivo, 
Por eso nunca me alabo, 
Yo sé para lo que sirvo 

Y á naide le paso el rabo. 

A malhaya un toro bravo, 
O quién fuera un cascabel, 
Para salir á un camino 

Y trompezarme con él. 

147 



V. M, O VALLES 

Yo no me meto con viejo 
Ni tampoco con muchacho, 
No le tengo miedo al toro 
Sino á la vuelta del cacho. 



Con mi coraza en la zurda 

Y mi espada en la derecha 
Métase el toro más bravo 
Para dejarlo en la brecha. 

Huyéndole á un toro bravo 
Me tiré á la Portuguesa 
Con mi caballo en la mano 

Y la silla en la cabeza. 

Las muchachas de Valencia 
Me llaman el arrojao, 
Porque me le meto á un toro 
Con un trapo colorao. 

Las muchachas de la Villa 
Me llaman lanza en lo oscuro, 
Porque cuando estoy cantando 
Le aflojo la mano al pulso. 

148 



EL LLANERO 

En Camaguán me conocen 
Por mi fama de arrestao, 

Y se dicen las muchachas: 
«Ahí viene el mismo pecao.» 

Yo fuera muy bien cuidao 
Si estuviera en Arichuna, 
Que allí con los forasteros 
Todas las hembras son una. 

Si recojo mi caballo 
Me llaman faramallero; 

Y si me duermo en la silla 
Me llaman burro tusero. 

Si la envidia me saluda 
Yole digo: «pobrecita;» 
Yo no le temo al mal de ojo 
Ni me asusta la pavita. 

El toque de generala 
Me da buen comprendimiento, 
Porque si oigo la corneta 
Eesponde mi valimiento. 

149 



V. M. OV AI/LES 

Amigo no he dio á la guerra 
Ni siquiera soy sordao, 
No me diga general 
Porque yo á naide he robao. 



Yo conozco generales 
Hechos á los empujones, 
A conforme es la manteca 
Así son los chicharrones. 

Mientras haiga un general 
No he de comprar ni una perra, 
Porque ellos para robar 
De na forman una guerra. 

Esto dicen, esto dicen, 
Esto dicen los llaneros, 
Que el que no sabe cantar 
No sirve pa cabrestero. 

El guariqueño no sabe 
Cuánto puede una creciente, 
Ni las vueltas que da un tronco 
Llevado por la corriente. 

150 



EL LLANERO 

Cuando voy á Guariquito 
Siempre ine vengo ostinao 
De tanta plaga: puyón, 
Jején, mosquito rayao. 

Cuando yo voy á Caracas 
Cargo mi carpeta lista, 
Para librarme del cacho 
De tanto blanco sablista. 



El que me oyere cantando 
Dirá: qué alegre está aquél, 
Pero tengo el corazón 
Más amargo que la giel. 

Si supiera que cantando 
Mis males se divertían 
Me la pasara cantando 
Toda la noche £ el día. 



Unos dicen que cantando 
Divierto los males míos; 
Cuando estoy á solas lloro 
Y en conversación me río. 

151 



V. M. OVALLES 

¿ Que no llore ? compañero, 
Cómo no voy á llorar; 
Como si la usencia fuera 
Remedio para olvidar. 

Ausencias causan olvido, 
Lo sé porque estoy ausente, 
Y es el amor de estos tiempos 
Misa de cuerpo presente. 

Acordarme no quisiera 
De aquellos tiempos pasaos 
Cuando gocé de tu gloria, 
Tiempos, cómo te has mudao! 



Anoche dormí en el suelo 
Teniendo tan buena cama. 
¿ Quién tiene la culpa desto ? 
El aguardiente de caña. 



El aguardiente de caña 
Es de tanta fortaleza 
Que lo echan pa la barriga 
Y se va pa la cabeza. 

152 



EL. LLANERO 



Borracho con rial no estorba, 
Es refrán muy verdadero, 
Por eso cuando me chispo 
Lleno de rial el sombrero. 



Todo el que bebe aguardiente 
Lo tengo pronasticao, 
Que ha de morir de repente 
Con el estómago hinchao. 

Soy un pájago en el aire 
Soy un pato en el estero; 
Y entre muchachas bonitas 
Soy un loro conuquero. 



Mujeres no me aguajén 
Miren que las arponeo 
Yo soy como el gavilán 
Que en el aire me volteo. 



Cuando me arrimo á un joropo 
Yo soy el que me «meneo,» 
Y con el patio me quedo 
Si repico un zapateo. 

153 



V. M. OVALLES 

Malhaya mi mala suerte; 
Malhaya la suerte mía; 
Viene un aguacero blanco 

Y mi cobija perdía. 

Tengo el sombrero rompió 
Desde la copa hasta el ala, 

Y no lo quiero cose 
Hasta no ver en qué para. 



Un pozo de agua es mi espejo 

Y mi rancho es una mata, 
Mi comida un merecure 

Y mi delirio una vaca. 



El uvero y el caruto 
Son los frutos tempraneros 
Con que sostienen la vida 
Los infelices llaneros. 

• Si me dan licencia canto 
Y si no, me estoy callao, 
Considerando que me hallo 
De mi libertad privao. 

154 
v 



Eli LLANERO 



Cante, cante, compañero, 
No le tenga miedo á naide, 
Que en la copa del sombrero 
Cargo la Virgen del Carmen. 



Por ser la primera vez 
Que yo en esta casa canto 
Me hago en la frente la cruz 
Para librarme de espanto. 

Yo no sé si estoy errao 
O la música me farta, 
Porque estoy hecho á cantar 
A son de bandola y arpa. 

Dale duro á esa bandola 
Que se acabe de quebrar, 
Que palos hay en el monte 

Y quien los sepa labrar. 

El oficio é maraquero 
Es oficio condenao; 
Para todos hay asiento 

Y el maraquero parao. 

155 



V. M. OVALLES 

Yo tenía mis dos maracas 

Y la una se me quebró; 
Para alegrar un fandango 
Qué más maraca que yo. 

Con mi maraca en la mano 
Me atrevo á correr el mundo, 
Enamorando muchachas 
Oficio de vagabundo. 

Con mi maraca en la mano 
Aquí estoy dando candela; 

Y le hago tragar el medio 
Con trapo y todo á cualquiera. 



Cuando tengo el pecho claro 
Hago lo que me da gana: 
Si quiero, lo hago reló, 
Y si no, lo haga campana. 



¿ Quién es ese cantador 
Que canta en ese rincón, 
Que sólo el rabo le falta 
Para ser caballo andón ? 

156 



EL LLANERO 

Yo soy cantador de fama 
Sin conoce el dicionario, 
Entre la gente é mi tierra 
Hago de Cura y Vicario. 

Cantar bien ó cantar mal 
Puede ser indiferente; 
Pero estando entre la gente, 
Cantar bien, ó no cantar. 



El que me enseñó á cantar 
Me enseñó lo que sabía, 
Y me dijo: «vete al mundo 
A lucí la cencía mía. » 



Yo canto, pero no digo 
El que me enseñó á cantar, 
Y á manejar un machete, 
Una lanza y un puñal. 

Deste llano abajo vengo 
En mi caballo melao 
Atropellandc cantores 
Como atropellar ganao. 

157 



V. M. OVALLES 

El que cantare conmigo 
Ese sí que es grande empeño, 
Porque tengo más colmillo 
Que un caimán viejo apureño. 

El que cantare conmigo 
Apriétese los calzones, 
No piense que va á comer 
Arepa con chicharrones. 

A mí mismo me da miedo 
Cuando levanto' el tañí o, 
Porque me hallo facultoso 
Y dueño de mi albedrío. 



Despiértese, compañero, 
Despierte si está dormí o, 
Mire que voy á cantar 
El galerón de corrió. 

Señores, tengan presente, 
Lo arvierto sin condición, 
Ha de ser inteligente 
El que me haga oposición . . . 



158 



EL LLANERO 

Supongo que sea un portento 
El cantador que ha cantao, 
Y por si acaso, le arvierto, 
Que aqui me tiene á su lao. 

Te llaman gallo de espuela, 
Mas tu pluma no respeto, 
Que yo he mandao á la escuela 
A gallos de más talento. 

He mandao yo a la escuela 
A verdaderos cantores, 
¿ Qué no haré con este intruso, 
Díganme ustedes, señores ? 

Díganme ustedes, señores, 
Si no merece desprecio 
Quien funda sus pretensiones 
Sólo en palabras de necio. 



Sólo en palabras de necio 
No fundéis tu fama, digo, 
Elige un tema de cencía 
Si queréis cantar conmigo. 

159 



V. M. OVALLES 

Es muy grande tu saber, 
Por lo que me has dicho infiero; 
Mas deseo que me adivines 
¿ Cuántos pelos tiene un cuero ? 

A y, Jesús, María y José! 
Que me has dejao confuso: 
Los pelos que tiene un cuero 
Fueron los que Dios le puso. 

Al pie del arpa, y armados ambos canta- 
dores, el uno, del tiple, y el otro, de las 
maracas, se efectúan esos peregrinos torneos 
del ingenio. 

Lnce en esos cantares la viva imaginación 
del llanero, su altivez y su gracejo. 

Después de un ligero receso, el baile con- 
tinúa. 

Arrendajo empuña las maracas, da la en- 
cintada guitarrita á Turupial y rompe en el 
estilo siguiente: 

El terecay en el caño 
Se encontró con la tortuga, 
Y caminandito fueron 
A nadar en la laguna. 



160 



EL LLANERO 

La iguana y el mato de agua 
Se fueron al Orinoco, 
La iguana no volvió más, 
Ni el mato de agua tampoco. 

Le dijo el mono á la ardita 
En la selva de Turen: 
((Cuando le brinques á un palo 
Me avisas, que yo también.» 

Anoche á la media noche 
Lloraba un garrapatero 
Porque tocaban á misa 

Y no encontraba el sombrero. 

El cochino come mái 
Cada uno tiene su antojo; 

Y hasta las viejas les gusta 
Cuando les pican el ojo. 



Muchacha dile á tu madre 
Que si quiere ser mi suegra; 
Y verás si se lo dices 
Cómo la vieja se alegra, 

161 



V. M. O VALLES 

Si yo fuera gato negro, 
Por tu ventana me entrara, 
A ti te haría fíau, ñau 
Y á tu madre la arañara. 



Una vieja me dio un beso 
Que me tiene enmabitao, 
Porque los besos de vieja 
Saben á cacho quemao. 



Una vieja me dio un palo 
Por enseñarme á rezar, 
Cuando me tenía en el suelo: 
¡Muchacho, por la señal! 

Eecójanme toas las viejas 
Háganmelas un montón 
Para darles chocolate 
Con una mano é pilón. 

Al Juez para una demanda 
Llegué á Cabruta buscando, 
Y el Secretario me dijo 
Que andaba cachicameando. 

162 



EL LLANERO 

El toro pita á la vaca, 
El novillo se retira, 
Como el novillo fue toro 
La vaca siempre lo mira. 

De la Soi-sola el cantar 
El quiquiriquí del gallo, 
Las notas del pavo real 
Y el relincho del caballo. 



El cantar á quien no paga 
Es majar en hierro frío, 
Echarle ayudas á un muerto 
Y levantar á un tul lío. 



Al que te pidiere dale 
Que tendrá necesidad; 
El que tiene se le acaba 
Y el que no tiene tendrá. 

Ninguno cante victoria 
Aunque en el estribo esté; 
Que muchos desde el estribo 
Se suelen quedar á pie. 

163 



V. M. OVALLES 

Todo el que tiene dinero 
Tiene la sangre liviana, 
Aunque su padre sea un tigre 
Y su madre una caimana. 



Hombre pobre no enamora, 
La razón lo está diciendo; 
El que no tiene qué dar 
Mal puede llegar pidiendo. 



Hombre pobre enamorao 
Es gallo tuerto sin cola, 
Que le dan un aletazo 

Y queda ciego de bola. 

¿ Qué te puede dar un pobre 
Aunque mucho te quisiera ? 
Cariños y merecures 

Y guayabas sabaneras. 

Si por pobre me desprecias 
Digo que tienes razón; 
Que hombre pobre y leña verde 
No calientan el fogón. 

164 



EL LLANERO 



Mujeres jilen y cosan, 
No se atengan á los hombres, 
Que el que no tiene camisa 
No puede dar camisones. 



Ninguna que sea bonita 
Se atenga á su bonitura; 
Aténgase á su dedal 
Y su canasto é costura. 



Estas muchachas de ahora 
Yo te diré cómo son; 
Alegres para un fandango 

Y tristes para un fogón. 

Quesero que vende queso 
Sin que á su amo le aproveche, 

Y de pobre pasa á rico, 

¿ De dónde sale esa leche ? 

Si ves que entierran los muertos 
No creas que es por cosa fina, 
Es porque la sociedá 
No aguanta la jedentina. 

165 



V. M. OVALLES 



Cuando un blanco está comiendo 
Con un negro en compañía, 
O el blanco le debe al negro 
O es del negro la comía. 



Me puse á bañar un negrc 
A ver que color cogía; 
Cuanta más agua le echaba 
Más mojoso se ponía. 

La mujer que por locura 
Tiene un negro por amante^ 
Aunque el sol esté radiante 
Siempre ve la casa oscura. 

Si porque quiero una negra 
Todo el mundo lo murmura, 
Quiera cada uno su blanca 
Que yo quiero mi zamura. 

Tuve queriendo una negra 
Un verano y un invierno, 
Y me parece que tuve 
Diez años en el infierno. 

166 



EL LLANERO 

Obsérvase en estas coplas la travesura, 
el sentido práctico y la suspicacia natura- 
les en el hijo de las llanuras. 

El entusiasmo es general. 

Todos celebran el talento de los cantadores. 

Turupiál toma de nuevo el tiple y entre- 
ga las maracas al compañero. 

Estos instrumentos les son familiares á 
ambos. 

Arrendajo tuerce la cabeza á un lado 5 enar- 
ca los brazos á la altura de Ja cabeza, y 
con un movimiento rápido agita las mará 
cas, cual si estuviera poseído de una fuerte 
convulsión. 

Turupiál se acomoda y anuda las puntas 
al pañuelo de colores chillones que lleva al 
cuello; registra el discante de una manera 
nerviosa; fija la vista al suelo como bus- 
cando inspiración, y, tras prolongado leco — 
canta: 

El hombre que se casare 
Con una mujer bonita, 
Hasta que no llega á vieja 
El miedo no se le quita. 

167 



V. M. OVALLES 

La mujer que tuvo amores 
No sirve para casada, 
Pues de la gloria pasada 
Le quedan los borradores. 

El que bebe agua en tapara 
Y se casa en tierra ajena, 
No sabe si el agua es clara 
Ni si la mujer es buena. 

Se cayó la Magdalena, 
La misma Virgen María, 
Todas las mujeres tienen 
Su resfalen de cotiza. 

Las mujeres son el diablo 
Parientes de Lucifer, 
Se visten por la cabeza 
Se desnudan por los pies. 



No hay mujer que no se enoje 
Cuando le dicen que es fea, 
La mujer, como la muía 
Si no recula patea. 

168 



EL LLANERO 



Ai limón cortarle el agrio 
Al agrio la fortaleza, 
A las mujeres no crele 
Porque no tienen firmeza. 



Ayer pasé por tu casa 

Y hallé la casa sin gente; 
Las gallinas se reyeron 

Y el gallo arrugó la frente. 

Si tu marido es celoso í 
Échale un güeso en el plato 



Que mientras lo esté ruñendo 
Conversaremos un rato. 



Carga la mortaja en lanca 
Más atrás la mosquita 
Y la sepoltura abierta 
El que ame mujé casa. 



Me dijiste que eras firme 
Como la palma en desierto; 
Si la palma fuera firme 
No la tremolara el viento. 



V. M. OVALLES 



Si te vas y no me olvidas 
No me dejes de querer, 
Que como quede me encuentras 
Si se te ocurre volver. 



El amor que te tenía 
Era poco y qué sé yo 
Lo puse en una ramita 
Y el viento se lo llevó. 



Si te preguntan por mí 
No digas que me mataron, 
Dile que toos mis amores 
Por un viejo me olvidaron 

No digas que no me quieres 
Di más bien que me olvídate, 
Que todo mi amor con eso, 
Traidora, recompénsate. 



Me quisiste, yo te quise, 
Me olvídate, te olvidé, 
Te págate de tu gusto 
Y yo también me pagué. 

170 



EL LLANERO 



Cuándo las mujeres quieren 
Naide las puede atajar, 
Porque esas no son caballos 
Que resisten un bozal. 



El cura que me casó 
Me dijo en el altosano: 
Ahí te entrego ese animal 
En figura de cristiano. 

Todo ese trabajo tiene 
El que se casa con fea; 
Que no la puede sacar 
Donde la gente la -vea. 



Que no la puede sacar 
Donde la gente la vea; 
Porque todos le preguntan: 
¿ De onde sacó esa hicotea ? 

Qué triste que está la luna 
Y el lucero en su compaña; 
Qué lucido queda un hombre 
Cuando una mujer lo engaña. 

171 



V. M, OVALLEF 



A mí no me arufía gato, 
Eatón no ruñe mi queso, 
Mujer no juega conmigo, 
Hombre no venga con eso. 



El hombre para ser hombre 
Tres cosas ha de tener: 
Buen caballo, buena silla 
Y una zamba á quien querer. 



El que se va de este mundo 
Sin querer á una llanera, 
No tiene perdón de Dios 
Y el mismo Diablo lo espera! 

El joropo había llegado á su apogeo. 

El entusiasmo era delirante. 

Y entre una nube de polvo, se oía un za- 
pateo general. 

Las mujeres, sudorosas, resollando grueso, 
entornaban los ojos y dejaban balancear las 
caderas. 

El arpista «se dormía en los bordones ;» se 



172 



mrn 

«ten 





V. M. OVALLES 

sentía la convulsión del maraquero; el tiple 
parecía agitado por una tremolina, y por 
encima de todo, , dominando el conjunto, las 
voces cantantes de Turupial y Arrendajo, al- 
ternativamente. 

Aquello era como una cascada de coplas 
en que se manifestaba el ingenio del trova- 
dor sabanero. 

Pero á pesar de todo, la nota típica de 
estos últimos cantares es un escepticismo 
irónico, un humorismo punzante, y una mar- 
cada desconfianza de las hijas de Eva. 

Y es de advertir que las hembras llane- 
ras son leales, apasionadas y hermosas; y se 
rinden al amor, y no al dinero. 

Mas nunca influyó el romanticismo en la 
musa llanera, como lo indica la popularí- 
sima copla que sigue: 

Del toro la vuelta al cacho, 
Del caballo la carrera, 
De las muchachas bonitas 
, La cincha y la gurupera. 

174 



EL LLANERO 

Poca ó ninguna galantería hay en los can- 
tares llaneros para con la mujer, y es que 
el habitador de la pampa coloca por enci- 
ma del de aquélla su grande amor al com- 
pañero inseparable de sus luchas: el Ca- 
ballo! 

Hé aquí una copla que confirma lo di- 
cho: 

Mi caballo y mi mujer 
Se me murieron á un tiempo; 
Mi mujer, Dios la perdone, 
Mi caballo es lo que siento. (1) 

Con cuánta razón y elocuencia dijo el doc- 
tor Arístides Boj as, á quien las letras pa- 
trias nunca llorarán bastante: 

«Si el héroe de la pampa es digno de ser 
cantado, el corazón de la mujer sabe tam- 
bién recompensar la gloria. Los antiguos 
vencedores del Circo romano no han desapa- 



(1) Esta copla,-como observa el doctor Rojas,-es 
española, pero el cantor llanero la ha aceptado por en- 
contrarla de acuerdo con sus ideas. 



175 



V. M. O VALLES 

recido. En el Cancionero Venezolano los hé- 
roes de la pampa son aquéllos que han sa- 
bido conquistarla, y bien merecen ellos ser 
cantados por la musa popular al son de los 
discantes y de las maracas indígenas. 

«Los antiguos aborígenes que en ella vi- 
vieron, no supieron aprovecharla. Carecie- 
ron del caballo, alma del llanero y del gau- 
cho. Si en el Cancionero español el amor 
es imán, en el Cancionero Venezolano el imán 
es el valor. El llanero es más belicoso que 
amoroso, más retraído que sociable. El co- 
razón de la mujer sabe también soñar con 
esas exhalaciones de la llanura en que ji- 
nete y caballo parece que se rinden ante 
la beldad querida, y desaparecen en el ar- 
dor de la pelea, para tornar sonreídos y 
agraciados después de haber sido fiel ima- 
gen de los antiguos Hypántropos, escalado- 
res del Olimpo. El caballo está siempre en 
primer término, el caballo que es para el 
llanero el escudo de Marte.» 

Y en ello revela el llanero un egoísmo 
atávico. 



176 



EL LLANERO 

El estado social de los aborígenes era muy 
imperfecto, como fruto de su profunda ig- 
norancia. 

En tal sociedad el hombre, sin institucio- 
nes políticas y civiles que lo sujetaran, sólo 
cuidaba de satisfacer sus propias pasiones; 
la mujer fue siempre esclava del hombre, 
y el amor y la religión jamás tuvieron culto. 

Y de ahí, sin duda, el poco amor del llane- 
ro á la mujer y su grande inclinación al caballo. 

Esto último se explica, sobre todo, por- 
que, como afirma un escritor español: «en 
el caballo se hallan juntas todas las bue- 
nas cualidades que en los demás animales 
repartió la naturaleza, que nos alegra con 
su belleza, nos admira con su vivo instin- 
to y nos honra con sus hechos, » 

«Si era desconocido el caballo en el Nue- 
vo Mundo,— dice Mounier, — cuando el des- 
cubrimiento de este continente, los trabajos 
de M. Lund nos prueban que ha existido 
allí antes de la época diluviana.)) (i) 



(1) Víctor Mounier. — Los antepasados de Adán.— 
{Historia del hombre fósil). 



177 



V. M. OVALLES 

¿Y después de esa época nó pisaría él 
gallardo bruto el suelo de América, país 
propicio por sus inmensas pampas abun- 
dantes de pasto para que existiera en esta- 
do salvaje? 

Mas sea de ello lo que fuere, es lo cier- 
to que en el segundo viaje de Cristóbal 
Colón, pudieron las tribus americanas con- 
templar con terror supersticioso á aquel 
animal cuya ligereza era superior á sus pier- 
nas y que tanto daño les causó, como auxi- 
liar del español, en sus combates de la con- 
quista. 

Creyeron los sencillos indígenas que ca- 
ballo y jinete eran un solo animal, es de- 
cir, verdaderos Centauros! 

Pero después que los indios poseyeron el 
caballo, no pasaron dos centurias sin que 
estos pueblos nómades se transformaran en 
pueblos pastores. 

Y es que el caballo ha sido, es y será siem- 
pre un instrumento de civilización para el hom- 
bre, según la opinión de un autorizado es- 
critor. 



178 



EL LLANERO 

Becorriendo la historia se puede ver fá- 
cilmente, que no hay pueblo desde la más 
remota antigüedad que no haya rendido ho- 
menaje al caballo. 

Los guerreros le tributan honores y la tra- 
dición lo ha hecho objeto de multitud de 
leyendas. 

Pegaso, el alado caballo mitológico, repre- 
senta la Poesía. 

Homero y Virgilio, respectivamente, can- 
taron el caballo de Aquiles y el de Etón. 

Cervantes hizo célebre á Bocinante, el su- 
frido y sin par caballo de Don Quijote, has- 
ta el punto que no es posible concebir al 
Caballero de la Triste Figura sino sobre el 
inseparable compañero de sus estupendas 
aventuras. 

Allá en Asia, cuna de la civilización, el ca- 
ballo es símbolo de triunfo; y en África, de 
donde es originario, el busto de este noble ani- 
mal representa á la opulenta urbe de Cartago. 

Alejandro construyó otra ciudad, Bucefa- 
lía, en honor de Bucéfalo; Julio César le eri- 
gió una estatua á su corcel; Calígula nom- 



179 



V. M. OVALLES 

bró códsuI al suyo; la historia le consagra 
una página á Babieca, el famoso caballo del 
Cid; y es fama que Copenhagen, el favorito 
de batalla del duque de Wellington, fue 
enterrado con honores militares y en mag- 
nífica sepultura! 

A un caballo, ofrecido por Bondón, el 
bravo lancero del Alto-llano, debió el Gran 
Bolívar, su salvación en el desgraciado he- 
cho de armas del Eincón de los Toros; y 
nada tan singular como aquella proclama 
de Páez á sus valientes compañeros, exci- 
tándolos á tomar terrible venganza, al con- 
templar muerto su caballo en una de esas 
refriegas con el español! 

De una valiente poesía dirigida por el 
Mariscal Falcón, el ínclito fundador de la 
Federación Venezolana, á su caballo de ba- 
talla, copio las siguientes estrofas; y siento 
no trascribirla entera, por ser ella digna 
del soldado-poeta y del grande amigo que 
se la inspiró: 

Vén, mi noble corcel, fiel compañero 
En la ruda fatiga y los combates; 



180 



EL LLANERO 



Tú, que al sonido del clarín guerrero 
La crin erizas y. la tierra bates: 



Y á la muerte, al combate volaremos, 
Apellidando guerra á los tiranos, 
Y con sangre y dolor consagraremos 
De la patria los fueros soberanos. 

Que en el suelo inmortal de heroica gente, 
No podrá dominar tirano impuro, 
Mientras el sol alumbre nuestra frente, 
El sol del indomable Guaicaipuro 

Mas si permite el Ser que al orbe alienta 
Que alce aquí su pendón la tiranía, 
Esta tierra de luz que nos sustenta 
Eeguemos con tu sangre y con la mía 



Gran previsión demostró Mahoma al impo- 
ner á su pueblo como precepto el amor al 
caballo. 

Hé aquí cómo explicó el reformador árabe 
el origen de este útilísimo animal: 



181 



V. M. O VALLES 

«Cuando Dios quizo crear el caballo, llamó 
al viento del Sur y le habló así: «Fo quiero 
hacer de ti una nueva criatura; deja de ser 
impalpable, y toma la forma de un cuerpo só- 
lido, y el viento obedeció.» Entonces Dios co- 
gió un puñado de esta materia hecha sóli- 
da y la animó con su aliento. Así fué pro- 
ducido el caballo, y el Señor dijo: «Tú se- 
rás para el hombre origen de placeres y de 
riquezas: montará sobre tu dorso, y te cuida- 
rá con preferencia á todos los demás anima- 
les,» 

¿Conocería el llanero esta preciosa leyen- 
da del fundador del Islamismo 1..... 

Pero nada tan bello y significativo como el 
corcel que figura en el escudo nacional, cual 
símbolo de nuestra independencia y libertad. 

Al caballo heráldico de Venezuela ha dedi- 
cado don Felipe Tejera este hermoso soneto: 

Cruza errante en la pampa muda y sola; 
Mas, si rompe en insólita carrera, 
Ciñe del triunfo la imperial cimera 
O por la santa libertad se inmola. 



182 



EL LLANERO 

El fulgor de la pólvora arrebola 
Su altiva faz que en la batalla impera, 
Su casco es huracán, su crin bandera, 
Humo su aliento y tempestad su cola. 

Tal de la fama que el Olimpo vuela 
Las áureas trompas resonar escucho, 
Tal de la lira el apolíneo verso.. 

¡Paz y gloria al corcel de Venezuela 
Que en Jurán^ Carábobo y Ayacucho 
Libertó la mitad del Universo ! 



Al dar cima á este humilde trabajo sobre 
el Llanero, repito con Bolet Peraza: ya es 
tiempo de poner en la lira nacional ese sen- 
cillo poema de la naturaleza, con la más 
original y fiel de sus criaturas! 



APÉNDICES 



SUMARIO.— El tono llanero. — A la tierra y al 
hombre.— Los LLANEROS.— Canto del llanero. 



Como nota característica de la música po- 
pular de los llanos, coloco aquí el 



TONO LLANERO 



¿b foso a ahimo. 




185 



V. M. OVALLES 



A LA TIERRA Y AL HOMBRE 



Canta con amor filial en Silva criolla el jo- 
ven poeta Francisco Lazo Martí las bellezas 
de la Pampa; y como muestra de su inspi- 
rado canto, copio las siguientes estrofas: 

Ven de nuevo á tus pampas. Abandona 
El brumoso horizonte 
Que de apiñadas cumbres se corona. 
' Lejos del ígneo monte 
Ven á colgar tu tienda; ven felice, 
Ven á dormir en calma tus quebrantos; 
Y sea de nuevo la fulgente zona 
La que derrame luz sobre tus cantos. 



Guárdate de las cumbres! 

Colosales, enhiestas y sombrías 
Las montañas, serán eternamente 
La brumosa pantalla de tus días! 

186 



t EL LLANERO 

Deja para otra gente 
El placer de mirar picos abruptos; 

Y ven á contemplar desde el ocaso 
Hasta el fúlgido oriente, 

La línea, el ancho lote, siempre a raso, 

De la tierra natal 

Ah! De las cumbres 
Baja la nieve á entumecer las almas: 
Las almas que han soñado en el desierto 
.A la rebelde sombra de las palmas 

Y bajo el cielo azul, claro y abierto! 



*** 



LOS LLANEROS 



De una hermosa y sentida composición, así 
titulada, de Delfín Aurelio Aguilera, inteli- 
gente escritor y poeta nacido bajo el sol de 
las llanuras, trascribo la parte final en que 
saluda entusiasmado la tierra nativa: 



187 



V. M. OVALLES 

¡La sabana! la pampa! la llanura! 
Oh! patria! oh! tierra! oh! cuna del llanero! 
Tu sin rival y espléndida hermosura 
Se roba todo nuestro amor primero ! 
Por gozar de la luz hermosa y pura 
Con que ardiente te baña el sol de enero, 
Por dormir á la sombra de tus palmas, 
Suelo generador de grandes almas, 
Se puede despreciar al mundo entero! 

Fuera de ti no hay nada 
Para el hijo que te ama con delirio; 
No poderte besar con la mirada, 
Es para un hijo tuyo, tierra amada, 
La más horrible forma del martirio. 
Con nacer en tu suelo el hombre es libre 
Como el viento que corre en tus praderas; 
Jamás los hijos de tu heroico suelo 
Inclinaron sus frentes altaneras 
Ni ante el mandato del airado cielo! 

Cuando el León de España 
La fuerte garra — que respeta el orbe — 
Quiso clavar en ti, tierra querida, 
Por conservarte libre dio la vida 
El llanero, que ardiendo en fiera saña 
Se lanzó á la batalla enfurecido. 



188 



EL LLANERO 



\ 



¡Cómo pasmóse el mundo á cada hazaña 
De tus bravos, soberbios paladines, 
Que en rápida carrera atravesaron 
De lo humano y posible los confines, 
Para escribir tu historia 
En las páginas mismas de la gloria. 



¡Cómo no amarte tanto 
Si al contemplar tu espléndida hermosura 
Y el mágico veídor de la llanura 
Se llena el alma de inefable encanto ! 



No hay dicha igual á contemplar tu suelo 
Como sábana inmensa de esmeralda, 
Cuando se oculta en un rincón del cielo 
El regio sol entre volcán de gualda! 

¡Dulce tierra de amor, donde la vida 
Eueda apacible con risueño encanto, 

Y donde todo á la quietud convida 

Y á los placeres del cariño santo : 
Amarte tanto y verte entre cadenas 
De extraño dueño, esclava envilecida, 
Oh! primero la sangre de las venas 
Gota á gota se pierda con la vida ! 



189 



V. M. OVALLES 



*** 



EL CANTO DEL LLANERO 



Como preciado broche para cerrar mi hu- 
milde libro, reproduzco esta bella poesía de 
nuestro dulce y malogrado Domingo Eamón 
Hernández, en la que el ilustre bardo cantó 
la vida libre del altivo hijo de las llanuras: 

Del sol el disco ardoroso 
Al occidente tocaba, 
i Cuando tranquilo y gozoso 
Así un llanero cantaba 
Sobre su alazán brioso. 
— Con mi lanza y mi caballo 
Feliz vivo en este suelo, 
Ostente ó no ostente el cielo 
Su brillante resplandor; 



190 



EL LLANERO 

Nací libre, y eso basta 
Para gozar la ventura, 
Que mi reino es la llanura 

Y mi código el valor. 

¿ Qué importa que mano extraña 
Ose ultrajar mi bandera ? 
Sabrá la gente extranjera 
Todo el rigor de mi ley; 

Y si al fin un rey su trono 
Fijar en mi patria alcanza, 
En la punta de mi lanza 
Sacaré del trono al rey. 

Mientras alegre así viva, 
Beba el rico en copa de oro, 
Que yo en el cuerno de un toro 
Más tranquilo beberé; 

Y al par que él guste manjares, 
Yo una sabrosa ternera 
Junto á una zamba llanera 
Más gozoso comeré. 

Vista seda el ciudadano 

Y el oro en su traje ostente 
Que eso le es indiferente 
Al llanero en su vivir; 

191 



EL LLANERO 

Que al tumbar un bravo toro 
Desde su alazán triunfante, 
Seda ni oro en tal instante 
Pueden con él competir. 

Y al llanero, ¿ qué le importa 
No pasar noches enteras 
En gritos y borracheras 
Que llaman felicidad ? 
¿Ni bajo techos de cedro 
Pasar regalada vida, 
Si allí no hay dicha cumplida 
Ni completa libertad ? 

Mi ambición es vagar libre 
Por este anchuroso suelo, 
Ostente ó no ostente el cielo 
Su brillante resplandor; 
Que he nacido independiente 
Para gozar la ventura, 

Y es mi reino la llanura 

Y mi código el valor. — 

Calló el llanero, y gozoso 
Se fue aguijando el caballo 

192 



EL LLANERO 

Del astro rey fulguroso 
Ante la postrera luz; 
Mientra á su espalda á lo lejos, 
Llena, sin sombra ninguna, 
Su faz alzaba la luna 
Por el horizonte azul. 



*** 



VOCABULARIO 

DE LOS PROVINCIALISMOS QUE FIGURAN 
EN ESTA OBRA 



Albarico. — (Bactris setulosa) . Palmera. 

Apureño. — El natural del Estado ó del Eío 
Apare, ó lo perteneciente á ellos. 

Ardita. — Ardilla. 

Arrendajo. — (Icterus persicus) . Ave de her- 
moso canto, que tiene la particularidad de 
imitar el de todos los animales. 

Arristranco. — Eetranca ó ataharre. 

Banco. —Terreno que se eleva á pocos pies 
sobre el nivel de las llanuras. 



195 



V. M. O VALLES 

Bandola. — Especie de mandador de cabo cor- 
to y con la correa llena de nudos. (Véase 
'mandador) . 

Barrear. — Tumbar una res y amarrarla por 
las cuatro patas de modo que éstas queden 
juntas. 

Becerrero. — Muchacho encargado de los be- 
cerros. 

Bola. — (de). Completamente, de remate. 

Bolerear. — Caer sobre un caballo en pelo 
con la cara hacia atrás y colearlo. 

Bongo. — Especie de embarcación. || Conjunto 
de víveres para detallar por los campos. 

Bonguero. — El que maneja ó el que comer- 
cia con un bongo. (Véase bongo). Los bon- 
gueros de la sabana cargan sus víveres en 
burros. Ese nombre le fué dado en el orien- 
te del Guárico por don Miguel Méndez. 

Bote. — Especie de odre para vaciar leche. 
(Véase también la nota de la página 121). 

Brincos. —(Quitarle á uno los). Aquietarlo. 

Brusca. — (Cassia oceidentalis) . Las semillas 
tostadas de esta planta las toman en infu- 



196 



EL LLANERO 

sión en algunas localidades para sustituir 
el café. 

Bureo tüsero. — Aplícase á la persona so- 
lapada. 

Butaque. — Especie de butaca forrada con 
cuero, pero más baja y con el respaldo 
echado hacia atrás. 

Oabrestero. — Peón, generalmente á caballo, 
que guía el ganado cantando en los pasos 
de río ó á través de la pampa. 

Cachicamear. — Coger cachicamos. 

Camaza. — Fruto del camacero aserrado por 
la mitad. Es una variedad del totumo (Cres- 
centia cujete). 

Campechana. — Hamaca de cuero. 

Candela . — ( Dar candela ) . Dar que hacer. 

Caney. — Casa de techo pajizo para depósito 
de frutos etc. 

Capacho. — (Ganna edulis). Planta que pro- 
duce las semillas con que se hacen las ma- 
racas. (Véase maracas). 

Caribe. — ( Gybium regale). Pez sanguinario, 
más temido por el llanero que el caimán y 
el temblador j y desgraciado del hombre ó 



197 



V. M. OVALLBS 

del animal que atraviese un río teniendo 
en su cuerpo una úlcera ó pequeña inci- 
sión, porque una gota de sangre reuniría 
al momento millares de estos pequeños pe- 
ces y le arrancarían la carne á pedazos. 

Carpeta. — Especie de manta para torear. 

Caruto. — (Genipa americana). Fruta pare- 
cida al níspero, pero menos agradable. 

Cascabel. — Serpiente muy venenosa del gé- 
nero Crotalus, la cual tiene una especie de 
cascabel en el extremo de la cola. 

Cimarronera. — Cimarronada. 

Comedero. — Lugar donde pasta el ganado. 

Coquibacoa. —Nombre indígena del golfo de 
Maracaibo. 

Cotiza. — Especie de calzado. (Resbalón de). 
Desliz. 

Cotona. —Camisa interior corta y sin mangas. 

Cuajero. —Vasija donde se prepara el cuajo. 

Cubo. —Mango de la lanza. 

Chaparro. — Hay varias especies. Entre és- 
tas, dos que producen una madera muy 
propia por su flexibilidad y resistencia 



198 



EL LLANERO 

para azotar bestias. De ahí la frase: «á ca- 
ballo cansado, chaparro nuevo.» 

Desmostrencar. — Apartar los becerros de 
las madres para organizar las queseras. 

Destoconar. — Eecortar los cuernos del toro. 

Enjalma. — {Carapacho de). Parte principal 
de tal aparejo. 

Enmabitado. - {Estar uno). Estar en des- 
gracia. 

Escobero. —Escobar. 

Estero. -^En el Llano, sitio bajo ú hondo don- 
de se estancan las aguas procedentes de las 
lluvias ó del desbordamiento de los ríos. 

Franela. —Almilla. 

Fruta de burro. — (Xilopia grandifolia). 
Planta medicinal. 

Galerón. — Jácara ó romance. 

Garrapatero. — (GrotopJmga ani). Pequeño 
pájaro que se mantiene constantemente so- 
bre el lomo de los animales que están pa- 
ciendo y los limpia de las garrapatas que 
tienen en el cuerpo, haciendo de éstas su 
principal alimento. 

Garrasí.— Es el calzón del llanero. Abierto 



199 



V. M. OVALLBS 

abajo hacia los costados termina en dos 
puntas que parecen garras; y de ahí que 
los llamen también Uña de pavo. Antes se 
usaba con botonadura hasta el jarrete. 

Guard abasto. — Gualdrapa. 

Guariqueño. — El natural del Estado Guan- 
eo, y lo perteneciente á éste. 

Guayuco. — Pampanilla ó taparrabo. 

Hico.— Cuerda con que se cuelga la hamaca. 

Hicotea. — (Chelys fimbriata) . Eeptil del or- 
den de las tortugas. 

Hierra. — (La.). Operación de herrar los ani- 
males. 

Hierro. — ( Gachapear un) . Desfigurarlo con 
un fin malicioso. |] (Encerrar un). Circun- 
valar con cuatro marcas iguales del legíti- 
mo dueño la que se le había puesto mali- 
ciosamente ai animal; quedando así demos- 
trado públicamente el robo. 

Jején. — (Simulia sp.) Insecto del orden de 
los dípteros. 

Joropo. — Baile nacional á modo de fandango. 

Junta.— Eeunión de bestias en rodeo. 

Langa. — El anca. 



200 



EL LLANEEO 

Lanza. — {Ser una en lo oscuro'). Ser hombre 
peligroso á quien hay que ver con cui- 
dado. 

Leco. — Eco. 

Levante. — Partida de ganado caballar ó va- 
cuno que se espanta para conducirla á de- 
terminado lugar. 

Liquiliqui.— Especie de blusa. 

Llano. (JET) —Por extensión, las llanuras. 

Machete. —Espada. 

Madrina. — Grupo de ganado manso, caba- 
llar ó vacuno, que se emplea para conducir 
el cerril; ó toda partida que se conduce de 
uno á otro lugar. 

Maluco. — Lo que no es bueno. 

Mandador. — Instrumento que sirve para azo- 
tar, y que es un cabo de madera como de 
una vara de largo con un agujero en uno 
de sus extremos, por el cual se introduce 
una correa de igual longitud que aquél. 

Mandinga. —Diablo. 

Manga. — Corral largo y estrecho que se ha- 
ce á orillas de las lagunas para coger el 



201 



V. M. O VALLES 

ganado, ó en los pasos de los ríos para 
tirarlo al agua. 

Maraca. — Instrumento indígena que se hace 
con el fruto seco del totumo, el cual se hora- 
da por sus extremos, se le extrae la pulpa 
y se le introducen semillas de capacho y 
un mango de madera que sirve para agi- 
tarlo. 

Maraquero. — El que toca las maracas. 

Maute.— Becerro de uno á dos años. 

Medio. — (Tragarse uno el con trapo y todo). 
— Aceptar una cosa por sorpresa. 

Merecure.— •( Gouepia sp.) Árbol que pro- 
duce una fruta del tamaño de un níspero, 
de olor agradable y sabor dulce. 

Mocho. — Caballería mala ó con alguna oreja 
cortada ó sin ella. 

O ME DA LA YEGUA, Ó LE MATO EL POTRO. — 

Por fas ó por nefas. 

Padrote. - Caballo ó toro reproductor. 

Palmarital. —Palmar. 

Palmarote. —Tipo en el cual encarnó con 
propiedad y gracejo el ingenioso escritor 
calaboceño Daniel Mendoza en sus escritos 



202 



EL LLANERO 

Un llanero en la capital y Palma- 
rote en San Fernando,, al habitante de la 
pampa apurefía. 

Parada. — Pareja de jinetes apostados de 
distancia en distancia para conducir las 
bestias cimarronas á las juntas. 

Patio. — (Quedarse uno con el). Adueñarse 
de la situación. 

Patita. — (Syrnium virgatum). Familia de las 
corujas. Ave de canto triste, la cual, se 
gún el vulgo, es siempre mensajera de des- 
gracias. 

Picar.— Arrear el ganado para el corral. 

Pichero. — Leche fermentada. 

Puyón. — (Myrmica sp.) Insecto del orden de 
los himenópteros. 

Eabo. — (Pasarle á uno el). Lisonjearle. 

Eaíz de mato. — (Aristolochia barbota) . Planta 
medicinal. Le viene el nombre de que el 
reptil llamado mato se revuelca sobre di- 
cha planta para neutralizar el veneno de 
Jas mordeduras cuando combate con algu- 
na serpiente. (Véase mato). 

Baya. — (Trygon hystrix) . Pez de forma cir- 



203 



V. M. OVARLES 

cular que se mantiene siempre "escondido 
debajo del fango ó la arena en los ríos, 
caños y lagunas del Llano. Tiene una fuer- 
te púa en la punta de la cola y con ella 
hiere, al pisársela, produciendo agudísi- 
mos dolores. Hay dos especies, y una de 
ellas tiene hasta tres púas en la cola. 

Rejo. — Cuerda con que se ata el becerro á la 
pierna de la vaca mientras ésta se ordeña. 

Riendas. — (Poner á uno de dos). Hacerle do- 
blar la cerviz. 

Sablista. — (Ser un). Ser un caballero de in- 
dustria. 

Saltones.— Gusanos que le salen al queso. 

Sebo. — (Conocer uno el de su ganado). Per- 
fecto conocimiento de una persona ó de 
los habitantes de un lugar. 

Soy-sola. — (Grypturus sp.) Ave que en su 
canto triste pronuncia la voz que le da 
el nombre. 

Tantas muelas. — Taimado. 

Tañío. — (Levantar el). Levantar la voz. 

Tapaojos. — Especie de visera adherida á la 
cabezada ó bozal para cubrir los ojos á 



204 



EL LLANERO 

las caballerías cerriles ó espantadizas, en 
el acto de montar ó desmontarse. 

Temblador. — ( Gymnotos electricus) . Curiosa 
anguila que ataca al hombre y los anima- 
les con sus descargas eléctricas en las la- 
gunas, aguasales y ríos, produciéndoles 
entorpecimiento de resulta del cual se aho- 
gan. 

Tereo a y. — (Podocnemys tracaxa). Especie de 
tortuga pequeña. 

Toponazo. — Topetada ó topetón. 

Torcido. — Especie de chicote. 

Totumo ó Taparo.— (Crescentia cujete). Ár- 
bol que produce las taparas ó calabazas. 

Tranquero. — Especie de jambas ó maderos 
verticales con varios agujeros por los cua- 
les se introducen trancas horizontales y sir- 
ven de puertas á los corrales y cercas de 
campos. 

Troja.— Troj ó troje. 

Tronce. —Tronzo. 

Uña de pavo.— (Véase garrasi). 

Uvero. — ( Gecolóba caracasana). Planta me- 



205 



V. M. OVALLES 

dicinal. Su fruta es algo dulce y astrin- 
gente. 

Zamorano. —El natural del Estado Zamora 
5 lo perteneciente á éste. 

Zamuro. — ( Catharistes atratus) . Cuervo indo- 
lente, voraz y de olor repugnante, que 
prefiere para alimentarse la carne corrom- 
pida y los excrementos, haciendo en ello 
un gran servicio á la higiene. 



NOTA. — Barroso, Borcélano y Encerado son 
colores del ganado vacuno cuya explica- 
ción resultaría algo confusa. 



lUSTIDiaiE 



Dedicatoria 5 

Prólogo : 9 

INTRODUCCIÓN 

Sumario. — Escritores y poetas.— Bolet Peraza. 
Las tres zonas.— Cristóbal Rodríguez.— La 
gran zona de los pastos.— Dos épocas 17 

LIBRO I 
LLANO ANTIGUO 

Sumario.— Los hatos.— La habitación.— Vida del r 
llanero.— Las vaquerías.— Los caballos.— El 
vestido.— Habilidad del llanero.— Costum- 
bres. — Las bestias alzadas. — Gimnasia. — Los 
ordeñadores.— El mayordomo.— Peligros.— 
Hechos extraordinarios.— Lanceros insignes. 
El llanero y la guerra.— Heroísmo y miseria 27 

LIBRO II 

LLANO MODERNO 

Sumario.— Modificación. — Los bongueros.— El 
nuevo ordeñador. — Coplas. — Desmoraliza- 



II ÍNDICE 

PÁGINAS 



ción.— Las cimarroneras.— Trabajos.— Indu- 
mentaria.— La casa de Palmarote.— Botiquín 
de campaña.— El café.— Procedimiento ori- 
ginal 71 

LIBRO III 

CARÁCTER DEL LLANERO 

Sumario.— Procedencia.— Fisonomía.— Faculta- 
tades físicas.— Pasiones.— Hospitalidad.— El 
llanero y el gaucho. — Rozas y el general 
Páez. — Estancación. —Necesidades. — Rutina. 
—El ganado y sus productos.— Marcas.— El 
oído y la vista del llanero.— Su retentiva.— 
Los animales y las estaciones.— Trato del 
llanero.— Su lenguaje y sus ocurrencias 93 

LIBRO IV 

POESÍA DEL LLANERO 

Sumario.— Afición del llanero á la música y el 
canto.— Carácter peculiar de su música y su 
poesía.— Facilidad para improvisar. — Opi- 
nión de Vergara y Vergara.— El doctor Arís- 
tides Rojas y la poesía popular venezolana. 
—Romances y coplas.— Amor del llanero al 
caballo.— El caballo en la historia, la poesía 
y la fábula.— El caballo heráldico.— Deseos 
del autor 133 

APÉNDICES 

Sumario.— El tono llanero.— A la tierra y al 

hombre.— Los llaneros.— Canto del llanero.— 185 
Vocabulario 195 



:e:r,:r,.a.t^ 



Página 28, última línea, dice : « de aquél á la vista 
del desierto ilimitado.» Léase: « de aquél, á la vista, 
desierto ilimitado.» 

Página 60, segunda línea, dice: «Carvajal.» Léa- 
se : « Carbajal.» 



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the last date stamped under "Date Due." If not on hold it 
may be renewed by bringing it to the library. 


DATE RET 
DUE Ktl " 


DATE RET 
DUE 


APR 1 1988 








































































































































Farm No. 513, 

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